miércoles, 15 de junio de 2016

Visita inesperada

El sol matutino comenzaba a calentar cuando Leticia cerró el portón de la escuela. Era un caluroso día de mayo y las chicharras comenzaban su incansable canto. El reloj marcaba las 7:05 a.m., y juntando a todos los niños formando una fila india, los condujo hacia su salón de clases.Era un día normal, un día tranquilo como cualquier otro. Acomodó a sus niños en media luna y les puso una película educativa mientras iba a su oficina a digitar una nota para los padres de familia. Todo iba bien, los pequeños se encontraban absortos en la pantalla y se escuchaban carcajadas de vez en cuando.

-¿Niña?- Escuchó una voz llamándole, volteó y no vio nada. -¿Niña?- escuchó nuevamente. Se levanto de su asiento y fue al aula por si alguno de sus niños le necesitaba, pero todos estaban muy entretenidos con la película. Los contó rápidamente. Estaban todos. Volvió a su asiento y continuó con lo que estaba haciendo. -¿Niña?- Escuchó por tercera vez. Volteó y de nuevo, no vio nada. De pronto, un inusual silencio alertó a la docente de que algo ocurría. Caminó de prisa hacia el salón y notó a todos los niños muy callados mirando fijamente hacia la ventana, y junto a ella, un niño que no había visto nunca: Era sumamente pálido, con el cabello negro, largo y andrajoso, que cubría casi toda su cara; una criatura muy descuidada y al parecer desnutrida. No se explicaba como había llegado ahí, pues todo estaba cerrado y la ventana junto a la que estaba de pie había permanecido sellada por años.

Comenzó a acercarse lentamente mientras los niños continuaban mirando fijamente sin apartar la mirada. -¿Cómo te llamas? No te había visto antes..- pero el niño no se movió un centímetro, mientras la inquieta maestra continuaba su camino hacia la pequeña criatura.
Estando a escasos dos metros, se agachó para estar a su altura, le dirigió una mirada tierna y le preguntó nuevamente por su nombre; pero nuevamente no obtuvo respuesta alguna. Se acercó un poco más y el niño levantó su rostro. Algo la hizo detenerse en ese instante, e instintivamente, comenzó a retroceder, extendiendo sus brazos, como intentando proteger a sus niños. Volteó un instante para ver como estaban y descubrió que todos se encontraban cerca de la puerta, apuñados cuan corderos, hizo una señal y lentamente todos fueron abandonando el salón. Volteó nuevamente y el niño seguía ahí, viéndola fijamente, Un ojo rojo, el otro negro y una expresión sumamente lúgubre que tornaban aún más pesado el ambiente del salón. Respiró profundamente, tomó en su mano la medalla de San Benito que colgaba de su cuello, trató nuevamente de hablarle y pudo ver su aliento al proferir la primera palabra. Notó entonces que la temperatura en la habitación había descendido súbitamente. Miró nuevamente al niño y su expresión había cambiado por una de extrema preocupación. El niño levantó su mano lentamente y señaló a la espalda de la docente. Leticia volteó y vio una enorme sombra detrás de ella. Presa del pánico, intentó incorporarse y salir huyendo, pero sus piernas estaban entumecidas por el frío, perdió el equilibrio y se golpeó la cabeza con una silla antes de perder el conocimiento.
Despertó en la clínica con su cabeza vendada, su esposo estaba dormido a su lado acompañándola. Sintió la temperatura descender nuevamente y un intenso dolor en su vientre; levantó la bata y tenía una cicatriz de quemadura con la forma de una pequeña mano. Dirigió su vista en dirección a la ahora empañada ventana y observó una palma dibujada sobre el frío, mientras unas inquietantes risas que venían de afuera se iban alejando.

viernes, 10 de junio de 2016

Solarum Summum

Todo comenzó hace casi tres años… Estábamos tan desesperados por volver esta inerte tierra a la vida, que nunca contemplamos los riesgos…

Si, como ya lo habrás imaginado, la civilización se acabó… y este no es una típica historia sobre cataclismos mundiales, guerras atómicas o apocalipsis zombies. El mundo si acabó, aunque no de la forma que todas las películas los presentaron, no fuimos atacados por zombies lentos y sedientos de cerebros o carne humana, lo más parecido  fueron simplemente grupos de seres humanos desesperados, sin comida, sin agua, sin familiares y sin moral; que buscaban hacerse por la fuerza con las provisiones restantes para al final, como todos los demás, dejarse morir de hambre o acabar con su desgracia con una descarga en la sien. Las aceras de lo que fue mi ciudad incluso aún exhiben restos desarmados de esqueletos humanos. Los muy pocos sobrevivientes que quedan, lo han hecho gracias a las provisiones que lograron acumular y a su extraña resistencia natural a las toxinas.

¿Cómo sucedió esto?

La población mundial había alcanzado niveles insostenibles; la comida cultivada no era suficiente para abastecer a la humanidad. Habían probado con grillos, gusanos y muchas otras variedades de insectos, pero no se multiplicaban con la rapidez necesaria y los gobiernos del orbe comenzaron a racionalizar los alimentos. La humanidad estaba al borde del colapso, cuando un grupo de científicos anunciaron mediante un enlace mundial, la disposición de una nueva semilla, una variedad de tubérculo que podía ser consumida a solo 10 días de haberla sembrado, la “Solarum Summum”.

Regiones desérticas de África y Asia fueron invadidas por miles de invernaderos, que utilizaban el agua del mar, pasándola por el proceso de desalinización, para sustentar los miles de cultivos de alimentos transgénicos. El nuevo cultivo necesitaba muy poca agua, y su crecimiento desmesurado prometía ser el maná caído del cielo, pero aproximadamente al cuarto mes de haber sido puesto en circulación, la población comenzó a enfermar y morir súbitamente.

Naturalmente los centros médicos y puestos de emergencia no daban abasto, y las maquinarias trabajaban incansablemente cavando fosas comunes para deshacerse lo más rápido posible de los miles de cadáveres. Antes si quiera que pudieran comenzar a investigar una cura, el 80% de la población mundial había desaparecido del planeta y el 20% restante luchaba por sobrevivir con las múltiples enfermedades producidas por los cuerpos en descomposición y las olas de violencia que azotaban entre los sobrevivientes. La opción más viable entonces, fue abandonar las grandes ciudades y trasladarse a las zonas rurales, donde había mucha menor cantidad de cuerpos y las posibilidades epidemiológicas eran considerablemente menores.

Surgió el problema entonces, que los pobladores de las pocas zonas rurales no estaban a gusto recibiendo tantos visitantes en tan poco tiempo. Ellos estaban mejor preparados que los citadinos para una catástrofe de este tipo. Muchos de ellos aún cultivaban su propia comida y tenían algunas reservas para emergencias; los citadinos por su parte, venían con hambre, desesperados y dispuestos a saquear los poblados para continuar su lucha por la sobrevivencia. Muchas batallas se presentaron, los caminos fueron infestados de objetos punzocortantes que impedían el paso a los vehículos y las montañas y campos circundantes se iban llenando cada vez más de cuerpos impactados por las balas provenientes de los puestos de vigilancia o amputados por las trampas y minas antipersonas dispersadas por los campos; y mientras las personas en todo el mundo se aniquilaban unas a otras por falta de provisiones, las plantas en los invernaderos seguían creciendo…

A los pocos meses del evento, las patatas infernales habían cubierto gran extensión del territorio mundial, alimentándose de los miles de millones de cuerpos y cubriendo todo a su paso con sus enormes enredaderas y repugnantes flores. Crecían demasiado rápido, y comenzó un nuevo evento para el que la humanidad tampoco estaba preparada: La especie mutó. De pronto dejaron de producir las extrañas patatas, y comenzaron a aumentar el tamaño de las flores, y estas, comenzaron a esparcir una suerte de esporas de color morado. Eran nubes muy densas de estas esporas, y viajaban grandes distancias llevadas por el viento. Estas esporas quemaban los tejidos que tocaban, animal o vegetal, eran una especie de arma biológica que destruía todo a su paso y lo único que parecía inmune, era la misma planta que lo producía. Todo ser vivo que quedaba atrapado en una de estas nubes moría irremediablemente, con serias laceraciones en su piel o corterza y órganos internos debido a la aspiración.

Luego de dos años, dejaron de nacer nuevos humanos. Los sobrevivientes que quedaban habían sufrido mutaciones en su mayoría: úlceras en la piel, tumores enormes en sus órganos y extremidades, y cada vez era más difícil encontrar algún sobreviviente completamente sano.

Comenzó a correr el rumor por las líneas de radio, que las personas completamente sanas estaban desapareciendo, algunos aseguraban haber visto cómo eran secuestrados en vehículos blindados por gentes con sofisticados trajes de protección. Una nueva amenaza había surgido entonces: algunos grupos estaban experimentando con humanos en busca de una cura.

Seis meses más pasaron y la gente seguía desapareciendo. Puesto que tanto el internet como la televisión habían desaparecido, todos confiaban en las radios y las esporádicas transmisiones que lograban recibir, y cada vez eran menos las estaciones que transmitían. Algunas solo duraban un par de semanas al aire y eran silenciadas en medio de disparos y gritos de agonía transmitidos en directo.

Poco a poco los rumores de los secuestros de personas fueron desapareciendo. Talvez porque no encontraron la cura y se rindieron, talvez porque ya no queda nadie sano en el mundo, talvez solo porque las transmisiones de radio desaparecieron. Mes y medio ha pasado desde la última vez que se logró escuchar alguna señal. Ahora solo hay estática.

La población mundial restante sumará a lo mucho poco más de mil personas, y se encuentran dispersas y escondidas por algunas regiones de lo que alguna vez fue Asia. Todo el resto del mundo ha sido cubierto por la nueva variedad, reina y señora absoluta del planeta.


Me tomó casi tres años dar con este sitio, pero valió la pena. Por fin conseguí las tres llaves para lograr activar el mecanismo y liberar al mundo la cura. Es la única forma, estoy convencido de eso. Todos los puntos iluminan el tablero con el mapamundi, al parecer todos los sensores funcionan y los hongos naranja están creciendo rápidamente; pronto llenarán todo el planeta y no quedará rastro alguno de esas malditas plantas… 

jueves, 9 de junio de 2016

Diego y los sapos

Diego era el pequeño hijo de mis vecinos. Era un tanto…escandaloso. Siempre había sido consentido por sus padres en todos sus caprichos, y cuando ellos no corrían a comprarle el juguete que había visto, o el dulce que se le antojaba, se tiraba al suelo y hacía sus típicas rabietas avergonzando a los desesperados padres, quienes corrían a complacerlo con tal de que se callara. Los demás niños le aborrecían, pues era envidioso y constantemente les rompía los juguetes cuando los veía mejores que los suyos. Pero Diego tenía otra gran afición: torturar animales. Se divertía enormemente quemando las pequeñas hormigas con su lupa, escarbando para cortar a la mitad algunas lombrices y luego lanzarlas al hormiguero, podía pasar horas viendo a las pobres infelices retorcerse antes de desaparecer en una marea negra y venenosa con miles de afiladas mandíbulas. Pero por sobre todas las cosas, Diego amaba torturar sapos. Siempre tenía especímenes frescos, pues su casa estaba cerca de un río, así que solo debía esperar que subieran por los taludes del puente y llegaran al jardín de su casa.

Solía lanzarles brazas calientes para verlos tragarlas y minutos después se retorcía de la risa en el suelo, viendo el agujero que el objeto hacía en el estómago del animal. Los metía dentro de una caja de zapatos, luego encendía una tira de “triquitraques”, acto seguido colocaba la tapa y corría a ponerse a salvo. Cuando abría de nuevo la caja, el pobre sapo estaba quemado, mutilado o muerto, y cuidadosamente recolectaba la “leche” que había segregado para maltratar algunos perros de la vecindad. Su broma favorita, sin embargo, consistía en meterlos dentro de una bolsa plástica, amarrarla con fuerza y colocarlos al lado de la carretera. El sapo, al intentar salir de la bolsa, comenzaba a saltar y a avanzar hacia la carretera, terminando siempre su desgracia bajo el caucho de los automotores. Así era Diego, todo un ejemplar, todo un desgraciado.   
          
La abuela de Diego por su parte, era una señora amable, adorada por todos los niños del barrio, y sufría a diario por los maltratos que su nieto le propinaba a las pobres creaturas. -Algo malo va a pasarte- le repetía constantemente, pero el pequeño demonio hacía caso omiso y algunas veces incluso, le dirigía algunos improperios.

Sucedió pues que una tarde lluviosa, uno de los “Froggers empaquetados” causó el derrape de una motocicleta y esta se impactó contra un vehículo en el que viajaba una familia entera; sacándolo de la vía y encausándolo hacia la baranda del puente. Madre, padre e hijos perecieron, así como el motociclista, quien de rebote calló bajo las llantas de un camión que transitaba a gran velocidad esparciéndolo junto con su moto por todo el pavimento. ¿Y Diego? estaba en primera fila, presenciando toda la macabra escena.

Corrió dentro de su casa y se metió bajo su cama, muy asustado, pero ignorando en gran parte la magnitud del accidente que acababa de provocar.
Las horas pasaron, los socorristas habían abandonado el lugar y los forenses hacían el levantamiento de los cuerpos.  Seguía lloviendo en la zona y al caer la noche, la familia se sentó a comer en medio de un solemne silencio. Las autoridades habían achacado el derrape de la moto a lo mojado de la pista, no había razón alguna para pensar en algún agente externo, y menos para culpar a un niño o al pobre sapo que solo trataba de escapar de su ajustada bolsa.
Todos se acostaron tan pronto terminó la cena, y las luces fueron apagadas, Diego suplicó a su madre le dejara la lámpara encendida mientras se dormía, mientras afuera continuaba lloviendo.

Pasaron las horas y todos los miembros de la familia dormían. Diego tenía el sueño más ligero, unos golpes en la ventana le despertaron. Los golpes provenían de fuera, y no eran golpes fuertes, eran más bien como si alguien los hiciera con el dedo. Se escondió bajo las cobijas pero los golpes no cesaron.  Armándose de valor, se acercó lentamente a la ventana, puso ambas manos en el vidrio para ver un poco mejor, y pegó su rostro contra el empañado cristal. Sus ojos se adaptaron a la oscuridad, y se rio de sí mismo al ver que el golpeteo que tanto le había asustado era producido por los saltos de un sapo intentando ingresar a su habitación; abrió levemente la ventana, extendió su mano y tomó al animal. Molesto por haber sido despertado, lo presionó con fuerza y lo estrelló contra la pared. Recogió el cadáver y lo lanzó por la ventana, puso de nuevo el seguro y se acostó dispuesto a conciliar de nuevo el sueño.

Minutos después volvió a escuchar el molesto ruido. Envalentonado, caminó fúrico hacia la ventana, abrió el seguro y observó con asombro el cadáver del anfibio colocado en la base de la ventana. Era extraño, le parecía haberlo lanzado lejos; lo tomó muy molesto y lo arrojó lo más lejos que pudo. Colocó el seguro nuevamente y se metió bajo sus cobijas.

Los minutos pasaron, y comenzó la lluvia a caer de nuevo. Escuchó nuevamente el golpeteo en su ventana y, desesperado, caminó hacia ella, la abrió y contempló nuevamente el sapo en la base. Extendió su mano para tomarlo y arrojarlo aún más lejos, pero su brazo fue tomado por una mano enorme y viscosa. Intentó zafarse con todas sus fuerzas, pero no logró moverse ni un centímetro. Intentó entonces lanzar un grito de ayuda a su madre, pero en cuanto abrió la boca, el ser que lo sostenía le introdujo el sapo muerto ahogando cualquier posibilidad sonora. Diego comenzó a llorar, quería correr,  pero tenía demasiado miedo como para moverse, y aunque sabía que su vida corría peligro, su cuerpo no respondía. Apoyó su pierna con fuerza y tiró hacia adentro, como un último desesperado intento por soltarse pero el sapo en su boca le impedía respirar bien, por lo que rápidamente perdió el conocimiento. La criatura lo tomó entonces y lo sacó con paciencia por la ventana. Lo llevó por el jardín arrastrándolo por el brazo,  y lo condujo al fondo del río. Cientos de sapos acompañaron la procesión mientras Diego y la criatura se perdían en las aguas para nunca más volver.

miércoles, 1 de junio de 2016

43



Susurros, gritos y espantos

Miles de voces eco hacen en mi cabeza

Cuerpos navegan ya río abajo

Hace rato ya que perdí la cuenta


El polvo lastima nuestros ojos y a todos nos cuesta respirar

La caravana disminuye su paso, preparándose para acampar.

Mientras el sol se torna ya rojo y la luna comienza a iluminar.

Algunos tienen ya menos fuerzas, no van a poder continuar.


Debemos movilizarnos, para encontrar comida,

Pues no podemos cultivarla, luchamos por obtenerla cada día.

Ya no crecerán las plantas, el suelo ahora es inerte

Dos menos retoman la marcha, los hemos dejado a su suerte.


Todo pasó tan rápido… y ahora todo es tan diferente…

Trato de recordarlo todo, pero se nubla mi mente.


En un abrir y cerrar de ojos, cientos de setas naranja brotaron

Este es el fin, muchos gritaron, otros solo se evaporaron

Mientras el viento arrastraba todo a su paso,

dejando solo destrucción y muerte.


Ahora solo quedamos unos pocos,

Intentando resistir hasta el final

Levantándonos entre los despojos

Reconstruyendo la “humanidad”.


¿Y es que quien iba a pensar?

que el mundo de esta forma iba a acabar

Por un simple líquido incoloro,

que ya no podemos aprovechar…

En la gloria de tu cuerpo



En la gloria de tu cuerpo... tan solo... déjame morir,

con el calor de tus labios, déjame morir

déjame morir, al lado de tu cama, mientras aun tenga aliento y sepa que me amas

déjame morir, sabiendo que eres mía, que tu corazón me pertenece y me piensas cada día

déjame morir, en la gloria de tu cuerpo, déjame amarte hasta mi último suspiro..