jueves, 24 de septiembre de 2015

Pinto

Pinto era fiel, alegre y cariñoso. Siempre que llegaba del trabajo me recibía con alegría sincera, moviendo su cola y dando círculos alrededor, esperando algún bocadillo que llevara en mi bolso o una caricia en tiempos de escasez económica. Lo tenía desde hacía 3 años, y me acompañaba a todos lados, realmente sufría cuando lo dejaba en la casa para irme al trabajo; es por esto, que me dolió tanto su partida, y me impactó sobre manera la forma en que lo hizo…

Era una fría tarde de octubre, el sol comenzaba a ocultarse y Pinto daba vueltas en el patio, persiguiendo algunas polillas que empezaban a aparecer, atraídas por la luz de las lámparas del patio. Ese día todo estaba preparado, mis primos llegarían en cuestión de minutos y  las cervezas llevaban varias horas en el refrigerador, comenzamos a sacar la parrilla y mi papá estaba alistando la soga para colgar la piñata. Todo era alegría, nada podía marchar mejor… y entonces sucedió…

Comenzó como un leve aullido de tristeza, venía cabizbajo hacia el corredor, como si algo le doliera, pero al cabo de un par de minutos, comenzó a llorar mas fuerte; se revolcaba en la acera donde se había quedado, y de vez en cuando, se sacudía como si tuviera frío, intenté tocarlo, pero me repelió enseguida, era como si no quisiera que me acercara, ahora entiendo que solo quería protegerme.

Los minutos pasaron, y mientras papá buscaba en la libreta el contacto del veterinario y mi hermana trataba de hacer arrancar la vieja carcacha que tenía estacionada detrás de la casa, vino lo peor:

El pobre animal comenzó a proferir alaridos, a poner sus ojos en blanco, y, acostado como estaba, movía sus patas como si estuviese corriendo, aterrado, tratando de escapar de algo, de pronto solo se detuvo. Traté de tocarlo nuevamente, y al hacerlo, noté que su cuerpo estaba sumamente helado, sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo, y como si un aire sumamente frío atravesara mi cuerpo. Me miró por unos segundos y lágrimas salieron de sus ojos. Instintivamente lo abracé, tembló por algunos cuantos segundos y sabiendo que su fin había llegado, expiró un último sollozo.

Esa misma noche lo enterramos. Mi papá canceló la fiesta y toda la familia se reunió alrededor de la improvisada tumba en el jardín trasero. Mientras mi mamá decía algunas palabras, sentí nuevamente ese aire gélido en la espalda, y el terror se apoderó de mí. Comencé a temblar y noté que todos me miraban con los rostros llenos de terror, volteé la mirada lentamente y detrás de mi estaba esa sombra espantosa y sonriente que me tomó con fuerza del brazo. Con mucho esfuerzo logré soltarme, no sin antes sentir un inmenso dolor en mi brazo, como si me hubiese hecho un profundo corte, pero no tenía ninguna herida en mi piel. Mientras corríamos la sombra reía y nos perseguía velozmente, y cuando estaba a punto de alcanzarme, otra sombra le saltó encima y desaparecieron en la oscuridad de la noche.

Las semanas siguientes a esos acontecimientos continuaron ocurriendo cosas espantosas; gallinas destrozadas aparecían en el patio cada mañana y la gota que derramó el vaso fue ver al gato del vecino desollado en la misma acera donde había muerto mi amado perro, por lo que mi papá decidió vender la casa al banco y mudarnos a un pueblo alejado de toda esa pesadilla.


La vida aquí transcurrió con normalidad, hice nuevos amigos y aún mantengo contacto con algunos de los viejos. Todo normal hasta el día de hoy… ya hace unas horas sentí ese frío de nuevo, pero antes de que pudiera si quiera moverme, la sensación desapareció por completo y una paz llenó mi alma. Volteé hacia un viejo roble que hay en el patio de la casa del frente y  pude ver, en la oscuridad del fondo de la propiedad, una sombra con la silueta como la de un enorme perro observándome fijamente.