jueves, 22 de diciembre de 2016

Sed

Es aún de noche, y aún adormilado, frotas tus ojos y te incorporas lentamente para ir en busca de líquido.

Te levantas con dificultad mientras carraspeas varias veces, pocas veces has estado tan sediento… Das el primer paso en busca del interruptor de la luz y tus pies descalzos se encuentran con un cálido y viscoso charco en el piso.

Comienzas a alarmarte y no sabes si continuar buscando  o volver a esconderte bajo las sábanas, pero la sed es muy grande. Avanzas a tientas por el cuarto en busca del interruptor y por fin logras desactivarlo. Suspiras con alivio al contemplar la escena y ver que todo ha quedado a como lo dejaste. Lo que pisaste no fue más que un leve derrame, pero aún continúa fresco y sin poder movilizarse. Con la hermosa oscuridad imperando en la habitación, das los últimos sorbos y sales con sigilo por la ventana; de camino te reprendes pues nuevamente te has quedado dormido con la luz encendida justo después de haber cenado, apuras el paso y tu rostro refleja una gran preocupación; ya que casi está amaneciendo y debes darte prisa o no llegarás a tu féretro a tiempo...

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Remordimiento

En esta vida he visto y hecho cosas horribles… pero nada te prepara para lo que presencié ese día…

Mi primer día de trabajo para un poderoso capo de la droga. Estaba comenzando pero había ganado terreno con rapidez gracias a sus brutales métodos. Comenzó a operar en la zona cercana a mi ciudad y en muy poco tiempo se hizo con el control total de los territorios. Algunas pandillas y grupos emergentes huyeron, otros se asociaron y otros pocos sencillamente fueron exterminados.

Me reclutaron en una mañana de noviembre. Un tipo me había chocado por detrás y bajó de su auto insultándome. Yo, muy tranquilo le traté de indicar que se calmara, pero fue inútil. El infeliz se abalanzó sobre mí con sus ojos desorbitados por la ira y terminé deformándole la cabeza contra la puerta de su auto mientras una multitud aterrada presenciaba la masacre con gran impotencia.

Pronto fui acorralado por la policía, y sabiendo que no tenía chance alguno de escapar con vida, decidí arrodillarme, colocar las manos detrás de la cabeza y colaborar con los agentes.

Estando en la celda llegó este individuo. No vestía un traje caro, o multitud de joyas; parecía un tipo común y corriente, pero en el rostro de todos los agentes se notaba un gesto de miedo o respeto. 

Caminó hacia mi celda con llave en mano, abrió la cerradura y me ordenó que lo acompañara. Miré estupefacto como ninguno de los ahí presentes hacía el mínimo esfuerzo para detenerme.

Dimos algunas vueltas por sus territorios mientras me hacía la propuesta laboral más cuantiosa de lo que jamás había imaginado. Se me proporcionaría una habitación, instalada con todos los instrumentos necesarios y una cámara de video. El trabajo era sencillo: debía torturar y mutilar a cada víctima que me fuera proporcionada, y una vez finalizada la labor, debía enviar el video a la dirección asignada, donde uno de sus familiares presenciaría con horror las consecuencias de oponerse  los deseos del capo.

Me costó creerlo al principio, pero pronto comprendí que más que una oferta de trabajo, era una imposición, ya que se me había contado demasiado y de rechazarla posiblemente terminaría siendo el protagonista de alguno de esos macabros metrajes. Me entregaron un celular mientras me indicaban que esperara las instrucciones en casa.

Muy temprano en la mañana fui convocado, mientras una angustia terrible literalmente aflojó mi estómago. Me dirigí diligentemente al lugar indicado, donde me esperaba una bandeja con multitud de implementos de tortura: cuchillos, pinzas, alicates, ácidos y sierras entre otros. El cuarto era mediano, de 3 metros de largo por 4 metros de ancho, con dos espejos grandes en las paredes laterales, climatizado y totalmente a prueba de sonido.  Al fondo, colgando de un gancho, se encontraba un individuo desnudo, muy golpeado y con el rostro cubierto por una bolsa de tela. La bolsa contenía una rejilla similar al burqa de los árabes; por donde la víctima podía  observar lo que sucedía alrededor sin que el verdugo pudiera distinguir su rostro. Según la explicación de mi jefe, cumplía tanto como medida de seguridad como de tortura: en caso de que conociera a la víctima o fuera alguien famoso mi labor no se vería entorpecida mientras que el pobre desgraciado no perdería ningún detalle de su horripilante muerte.

Para este primer trabajo sería supervisado directamente por mi empleador. Se posicionó en el cuarto de observación –que estaba situado detrás de uno de los espejos, como en los interrogatorios de las películas- mientras yo seguía ahí parado, con el pulso acelerado y a punto de hacerme en mis pantalones nuevamente. Pasaron unos cinco minutos y ya mi jefe se estaba impacientando. Me indicó por medio de un altavoz que si no iniciaba en los próximos segundos cambiaría de lugar con la víctima y el sí no tendría reparo en descuartizarme. Me quedé unos segundos en silencio, pero cuando escuché la silla moverse a través del autoparlante me invadió el pánico, tomé uno de los cuchillos y lo clavé repetidamente en el abdomen del sujeto. Destrozarle la cara a otro en medio de una pelea no era tan difícil, pero hacerle esto a alguien que no me había hecho nada y a quien ni siquiera le había visto el rostro, era algo totalmente diferente. 

Dejó escapar un grito ahogado. Definitivamente tenía algo en su boca que le impedía expresarse con claridad y solo balbuceaba algunas cosas.  Poco a poco fui tomando los demás instrumentos, realizando algunas incisiones por aquí y allá hasta acabar con un tronco sin manos ni piernas colgando del gancho y ya sin vida. Salí a fumarme un cigarro y cuando regresé a limpiar las herramientas encontré otro cuerpo colgando. Esta vez era una mujer de mediana edad que en cuanto me vio comenzó a retorcerse. Ya para esta hora me sentía agotado, y tampoco tenía muchas ganas de alargarle el sufrimiento a la pobre infeliz, por lo que tomé el machete más grande que tuve a mi alcance y comencé a partirle miembro por miembro con todas mis fuerzas. No pasaron ni 5 minutos y ya estaba muerta y las partes desperdigadas por todo el piso, junto con las del otro infeliz.

Después de eso no recuerdo mucho más que un fuerte golpe por detrás y las risas de burla del jefe. 

Llevo poco más de una semana en este cuarto amarrado a una silla, tengo que hacer mis necesidades sobre mí, pero la verdad ya nada me importa. No puedo mover mi cabeza para ningún lado y tampoco puedo cerrar los ojos. Todo el día soy obligado a ver una y otra vez como descuarticé a esas dos personas, como me noquean al terminar y como el capo aproxima la cámara y revela bajo las máscaras los rostros de mis padres. Suplico por una muerte rápida pero se niegan a concedérmela… ¿Cómo iba yo a saber que el tipo a quien le destrocé la cabeza contra el auto era el hijo de un narcotraficante?


miércoles, 31 de agosto de 2016

Cierra bien la puerta

Tenía poco más de una semana laborando en la ciudad; llegó a su apartamento tarde en la noche como siempre, cansado de su arduo trabajo. Tomó un rápido baño y se acostó en la colchoneta que tenía colocada en el suelo. Le pareció un poco curioso el olor a perro en su cobija, pero la noche anterior había sido calurosa como pocas veces así que pensó que solo había sudado demasiado… Relajado y boca arriba, realizó su oración como todas las noches, se persignó al terminar justo cuando un fuerte dolor proveniente de su garganta y una cálida sensación bajando por su cuello le hicieron tratar de incorporarse. Abrió con sorpresa sus ojos y un par de ojos rojos como brasas le recibieron mientras  el enorme can masticaba con maldad pedazos de su carne. La excesiva cantidad de sangre comenzó a ahogarle y ya sin fuerzas expiró su último aliento justo cuando observaba hacia la puerta el desfile de la jauría que se disponía a degustar su carne.

jueves, 25 de agosto de 2016

8

Llevaba cuatro horas observando con la botella vacía junto a la carretera. La lluvia había empapado hasta sus tuétanos, pero no le importaba.

Seguía mirando hacia el vacío, sin prestar atención a los gritos de su vecino, 
seguía mirando hacia el vacío... sin entender como fue que esta desgracia sobrevino

Seguía con la mirada las líneas que dibujaban las gotas de lluvia al precipitarse contra el río. 
Líneas frágiles y directas, con reflejos rojos y azules. 
Líneas libres, incesantes, que bailaban con el viento.

Se aferró con furia a los oxidados fierros, 
sosteniendo junto con su cuerpo también su alma. 
Se aferró fuerte, con todas sus fuerzas, y comenzó a perder la calma.

Lágrimas brotaron de sus ojos, 
mas provenían de su dolido corazón, 
lágrimas brotaron de sus ojos, 
y de vivir perdió la ilusión.

No escuchaba los lamentos, 
de su madre que le imploraba, 
solo escuchaba la voz de su esposa, 
que desde el fondo le llamaba.

Suspiró con fuerza, volteó llorando al cielo y se armó de coraje, 
y saltó con rabia hacia el vacío, hacia lo que sería su último viaje

extendió sus brazos mientras caía, buscando el último abrazo de su mujer
y se estrelló contra las rocas, esparciendo su cuerpo como un trozo de pastel.

miércoles, 15 de junio de 2016

Visita inesperada

El sol matutino comenzaba a calentar cuando Leticia cerró el portón de la escuela. Era un caluroso día de mayo y las chicharras comenzaban su incansable canto. El reloj marcaba las 7:05 a.m., y juntando a todos los niños formando una fila india, los condujo hacia su salón de clases.Era un día normal, un día tranquilo como cualquier otro. Acomodó a sus niños en media luna y les puso una película educativa mientras iba a su oficina a digitar una nota para los padres de familia. Todo iba bien, los pequeños se encontraban absortos en la pantalla y se escuchaban carcajadas de vez en cuando.

-¿Niña?- Escuchó una voz llamándole, volteó y no vio nada. -¿Niña?- escuchó nuevamente. Se levanto de su asiento y fue al aula por si alguno de sus niños le necesitaba, pero todos estaban muy entretenidos con la película. Los contó rápidamente. Estaban todos. Volvió a su asiento y continuó con lo que estaba haciendo. -¿Niña?- Escuchó por tercera vez. Volteó y de nuevo, no vio nada. De pronto, un inusual silencio alertó a la docente de que algo ocurría. Caminó de prisa hacia el salón y notó a todos los niños muy callados mirando fijamente hacia la ventana, y junto a ella, un niño que no había visto nunca: Era sumamente pálido, con el cabello negro, largo y andrajoso, que cubría casi toda su cara; una criatura muy descuidada y al parecer desnutrida. No se explicaba como había llegado ahí, pues todo estaba cerrado y la ventana junto a la que estaba de pie había permanecido sellada por años.

Comenzó a acercarse lentamente mientras los niños continuaban mirando fijamente sin apartar la mirada. -¿Cómo te llamas? No te había visto antes..- pero el niño no se movió un centímetro, mientras la inquieta maestra continuaba su camino hacia la pequeña criatura.
Estando a escasos dos metros, se agachó para estar a su altura, le dirigió una mirada tierna y le preguntó nuevamente por su nombre; pero nuevamente no obtuvo respuesta alguna. Se acercó un poco más y el niño levantó su rostro. Algo la hizo detenerse en ese instante, e instintivamente, comenzó a retroceder, extendiendo sus brazos, como intentando proteger a sus niños. Volteó un instante para ver como estaban y descubrió que todos se encontraban cerca de la puerta, apuñados cuan corderos, hizo una señal y lentamente todos fueron abandonando el salón. Volteó nuevamente y el niño seguía ahí, viéndola fijamente, Un ojo rojo, el otro negro y una expresión sumamente lúgubre que tornaban aún más pesado el ambiente del salón. Respiró profundamente, tomó en su mano la medalla de San Benito que colgaba de su cuello, trató nuevamente de hablarle y pudo ver su aliento al proferir la primera palabra. Notó entonces que la temperatura en la habitación había descendido súbitamente. Miró nuevamente al niño y su expresión había cambiado por una de extrema preocupación. El niño levantó su mano lentamente y señaló a la espalda de la docente. Leticia volteó y vio una enorme sombra detrás de ella. Presa del pánico, intentó incorporarse y salir huyendo, pero sus piernas estaban entumecidas por el frío, perdió el equilibrio y se golpeó la cabeza con una silla antes de perder el conocimiento.
Despertó en la clínica con su cabeza vendada, su esposo estaba dormido a su lado acompañándola. Sintió la temperatura descender nuevamente y un intenso dolor en su vientre; levantó la bata y tenía una cicatriz de quemadura con la forma de una pequeña mano. Dirigió su vista en dirección a la ahora empañada ventana y observó una palma dibujada sobre el frío, mientras unas inquietantes risas que venían de afuera se iban alejando.

viernes, 10 de junio de 2016

Solarum Summum

Todo comenzó hace casi tres años… Estábamos tan desesperados por volver esta inerte tierra a la vida, que nunca contemplamos los riesgos…

Si, como ya lo habrás imaginado, la civilización se acabó… y este no es una típica historia sobre cataclismos mundiales, guerras atómicas o apocalipsis zombies. El mundo si acabó, aunque no de la forma que todas las películas los presentaron, no fuimos atacados por zombies lentos y sedientos de cerebros o carne humana, lo más parecido  fueron simplemente grupos de seres humanos desesperados, sin comida, sin agua, sin familiares y sin moral; que buscaban hacerse por la fuerza con las provisiones restantes para al final, como todos los demás, dejarse morir de hambre o acabar con su desgracia con una descarga en la sien. Las aceras de lo que fue mi ciudad incluso aún exhiben restos desarmados de esqueletos humanos. Los muy pocos sobrevivientes que quedan, lo han hecho gracias a las provisiones que lograron acumular y a su extraña resistencia natural a las toxinas.

¿Cómo sucedió esto?

La población mundial había alcanzado niveles insostenibles; la comida cultivada no era suficiente para abastecer a la humanidad. Habían probado con grillos, gusanos y muchas otras variedades de insectos, pero no se multiplicaban con la rapidez necesaria y los gobiernos del orbe comenzaron a racionalizar los alimentos. La humanidad estaba al borde del colapso, cuando un grupo de científicos anunciaron mediante un enlace mundial, la disposición de una nueva semilla, una variedad de tubérculo que podía ser consumida a solo 10 días de haberla sembrado, la “Solarum Summum”.

Regiones desérticas de África y Asia fueron invadidas por miles de invernaderos, que utilizaban el agua del mar, pasándola por el proceso de desalinización, para sustentar los miles de cultivos de alimentos transgénicos. El nuevo cultivo necesitaba muy poca agua, y su crecimiento desmesurado prometía ser el maná caído del cielo, pero aproximadamente al cuarto mes de haber sido puesto en circulación, la población comenzó a enfermar y morir súbitamente.

Naturalmente los centros médicos y puestos de emergencia no daban abasto, y las maquinarias trabajaban incansablemente cavando fosas comunes para deshacerse lo más rápido posible de los miles de cadáveres. Antes si quiera que pudieran comenzar a investigar una cura, el 80% de la población mundial había desaparecido del planeta y el 20% restante luchaba por sobrevivir con las múltiples enfermedades producidas por los cuerpos en descomposición y las olas de violencia que azotaban entre los sobrevivientes. La opción más viable entonces, fue abandonar las grandes ciudades y trasladarse a las zonas rurales, donde había mucha menor cantidad de cuerpos y las posibilidades epidemiológicas eran considerablemente menores.

Surgió el problema entonces, que los pobladores de las pocas zonas rurales no estaban a gusto recibiendo tantos visitantes en tan poco tiempo. Ellos estaban mejor preparados que los citadinos para una catástrofe de este tipo. Muchos de ellos aún cultivaban su propia comida y tenían algunas reservas para emergencias; los citadinos por su parte, venían con hambre, desesperados y dispuestos a saquear los poblados para continuar su lucha por la sobrevivencia. Muchas batallas se presentaron, los caminos fueron infestados de objetos punzocortantes que impedían el paso a los vehículos y las montañas y campos circundantes se iban llenando cada vez más de cuerpos impactados por las balas provenientes de los puestos de vigilancia o amputados por las trampas y minas antipersonas dispersadas por los campos; y mientras las personas en todo el mundo se aniquilaban unas a otras por falta de provisiones, las plantas en los invernaderos seguían creciendo…

A los pocos meses del evento, las patatas infernales habían cubierto gran extensión del territorio mundial, alimentándose de los miles de millones de cuerpos y cubriendo todo a su paso con sus enormes enredaderas y repugnantes flores. Crecían demasiado rápido, y comenzó un nuevo evento para el que la humanidad tampoco estaba preparada: La especie mutó. De pronto dejaron de producir las extrañas patatas, y comenzaron a aumentar el tamaño de las flores, y estas, comenzaron a esparcir una suerte de esporas de color morado. Eran nubes muy densas de estas esporas, y viajaban grandes distancias llevadas por el viento. Estas esporas quemaban los tejidos que tocaban, animal o vegetal, eran una especie de arma biológica que destruía todo a su paso y lo único que parecía inmune, era la misma planta que lo producía. Todo ser vivo que quedaba atrapado en una de estas nubes moría irremediablemente, con serias laceraciones en su piel o corterza y órganos internos debido a la aspiración.

Luego de dos años, dejaron de nacer nuevos humanos. Los sobrevivientes que quedaban habían sufrido mutaciones en su mayoría: úlceras en la piel, tumores enormes en sus órganos y extremidades, y cada vez era más difícil encontrar algún sobreviviente completamente sano.

Comenzó a correr el rumor por las líneas de radio, que las personas completamente sanas estaban desapareciendo, algunos aseguraban haber visto cómo eran secuestrados en vehículos blindados por gentes con sofisticados trajes de protección. Una nueva amenaza había surgido entonces: algunos grupos estaban experimentando con humanos en busca de una cura.

Seis meses más pasaron y la gente seguía desapareciendo. Puesto que tanto el internet como la televisión habían desaparecido, todos confiaban en las radios y las esporádicas transmisiones que lograban recibir, y cada vez eran menos las estaciones que transmitían. Algunas solo duraban un par de semanas al aire y eran silenciadas en medio de disparos y gritos de agonía transmitidos en directo.

Poco a poco los rumores de los secuestros de personas fueron desapareciendo. Talvez porque no encontraron la cura y se rindieron, talvez porque ya no queda nadie sano en el mundo, talvez solo porque las transmisiones de radio desaparecieron. Mes y medio ha pasado desde la última vez que se logró escuchar alguna señal. Ahora solo hay estática.

La población mundial restante sumará a lo mucho poco más de mil personas, y se encuentran dispersas y escondidas por algunas regiones de lo que alguna vez fue Asia. Todo el resto del mundo ha sido cubierto por la nueva variedad, reina y señora absoluta del planeta.


Me tomó casi tres años dar con este sitio, pero valió la pena. Por fin conseguí las tres llaves para lograr activar el mecanismo y liberar al mundo la cura. Es la única forma, estoy convencido de eso. Todos los puntos iluminan el tablero con el mapamundi, al parecer todos los sensores funcionan y los hongos naranja están creciendo rápidamente; pronto llenarán todo el planeta y no quedará rastro alguno de esas malditas plantas… 

jueves, 9 de junio de 2016

Diego y los sapos

Diego era el pequeño hijo de mis vecinos. Era un tanto…escandaloso. Siempre había sido consentido por sus padres en todos sus caprichos, y cuando ellos no corrían a comprarle el juguete que había visto, o el dulce que se le antojaba, se tiraba al suelo y hacía sus típicas rabietas avergonzando a los desesperados padres, quienes corrían a complacerlo con tal de que se callara. Los demás niños le aborrecían, pues era envidioso y constantemente les rompía los juguetes cuando los veía mejores que los suyos. Pero Diego tenía otra gran afición: torturar animales. Se divertía enormemente quemando las pequeñas hormigas con su lupa, escarbando para cortar a la mitad algunas lombrices y luego lanzarlas al hormiguero, podía pasar horas viendo a las pobres infelices retorcerse antes de desaparecer en una marea negra y venenosa con miles de afiladas mandíbulas. Pero por sobre todas las cosas, Diego amaba torturar sapos. Siempre tenía especímenes frescos, pues su casa estaba cerca de un río, así que solo debía esperar que subieran por los taludes del puente y llegaran al jardín de su casa.

Solía lanzarles brazas calientes para verlos tragarlas y minutos después se retorcía de la risa en el suelo, viendo el agujero que el objeto hacía en el estómago del animal. Los metía dentro de una caja de zapatos, luego encendía una tira de “triquitraques”, acto seguido colocaba la tapa y corría a ponerse a salvo. Cuando abría de nuevo la caja, el pobre sapo estaba quemado, mutilado o muerto, y cuidadosamente recolectaba la “leche” que había segregado para maltratar algunos perros de la vecindad. Su broma favorita, sin embargo, consistía en meterlos dentro de una bolsa plástica, amarrarla con fuerza y colocarlos al lado de la carretera. El sapo, al intentar salir de la bolsa, comenzaba a saltar y a avanzar hacia la carretera, terminando siempre su desgracia bajo el caucho de los automotores. Así era Diego, todo un ejemplar, todo un desgraciado.   
          
La abuela de Diego por su parte, era una señora amable, adorada por todos los niños del barrio, y sufría a diario por los maltratos que su nieto le propinaba a las pobres creaturas. -Algo malo va a pasarte- le repetía constantemente, pero el pequeño demonio hacía caso omiso y algunas veces incluso, le dirigía algunos improperios.

Sucedió pues que una tarde lluviosa, uno de los “Froggers empaquetados” causó el derrape de una motocicleta y esta se impactó contra un vehículo en el que viajaba una familia entera; sacándolo de la vía y encausándolo hacia la baranda del puente. Madre, padre e hijos perecieron, así como el motociclista, quien de rebote calló bajo las llantas de un camión que transitaba a gran velocidad esparciéndolo junto con su moto por todo el pavimento. ¿Y Diego? estaba en primera fila, presenciando toda la macabra escena.

Corrió dentro de su casa y se metió bajo su cama, muy asustado, pero ignorando en gran parte la magnitud del accidente que acababa de provocar.
Las horas pasaron, los socorristas habían abandonado el lugar y los forenses hacían el levantamiento de los cuerpos.  Seguía lloviendo en la zona y al caer la noche, la familia se sentó a comer en medio de un solemne silencio. Las autoridades habían achacado el derrape de la moto a lo mojado de la pista, no había razón alguna para pensar en algún agente externo, y menos para culpar a un niño o al pobre sapo que solo trataba de escapar de su ajustada bolsa.
Todos se acostaron tan pronto terminó la cena, y las luces fueron apagadas, Diego suplicó a su madre le dejara la lámpara encendida mientras se dormía, mientras afuera continuaba lloviendo.

Pasaron las horas y todos los miembros de la familia dormían. Diego tenía el sueño más ligero, unos golpes en la ventana le despertaron. Los golpes provenían de fuera, y no eran golpes fuertes, eran más bien como si alguien los hiciera con el dedo. Se escondió bajo las cobijas pero los golpes no cesaron.  Armándose de valor, se acercó lentamente a la ventana, puso ambas manos en el vidrio para ver un poco mejor, y pegó su rostro contra el empañado cristal. Sus ojos se adaptaron a la oscuridad, y se rio de sí mismo al ver que el golpeteo que tanto le había asustado era producido por los saltos de un sapo intentando ingresar a su habitación; abrió levemente la ventana, extendió su mano y tomó al animal. Molesto por haber sido despertado, lo presionó con fuerza y lo estrelló contra la pared. Recogió el cadáver y lo lanzó por la ventana, puso de nuevo el seguro y se acostó dispuesto a conciliar de nuevo el sueño.

Minutos después volvió a escuchar el molesto ruido. Envalentonado, caminó fúrico hacia la ventana, abrió el seguro y observó con asombro el cadáver del anfibio colocado en la base de la ventana. Era extraño, le parecía haberlo lanzado lejos; lo tomó muy molesto y lo arrojó lo más lejos que pudo. Colocó el seguro nuevamente y se metió bajo sus cobijas.

Los minutos pasaron, y comenzó la lluvia a caer de nuevo. Escuchó nuevamente el golpeteo en su ventana y, desesperado, caminó hacia ella, la abrió y contempló nuevamente el sapo en la base. Extendió su mano para tomarlo y arrojarlo aún más lejos, pero su brazo fue tomado por una mano enorme y viscosa. Intentó zafarse con todas sus fuerzas, pero no logró moverse ni un centímetro. Intentó entonces lanzar un grito de ayuda a su madre, pero en cuanto abrió la boca, el ser que lo sostenía le introdujo el sapo muerto ahogando cualquier posibilidad sonora. Diego comenzó a llorar, quería correr,  pero tenía demasiado miedo como para moverse, y aunque sabía que su vida corría peligro, su cuerpo no respondía. Apoyó su pierna con fuerza y tiró hacia adentro, como un último desesperado intento por soltarse pero el sapo en su boca le impedía respirar bien, por lo que rápidamente perdió el conocimiento. La criatura lo tomó entonces y lo sacó con paciencia por la ventana. Lo llevó por el jardín arrastrándolo por el brazo,  y lo condujo al fondo del río. Cientos de sapos acompañaron la procesión mientras Diego y la criatura se perdían en las aguas para nunca más volver.