miércoles, 21 de febrero de 2018

Hasta el Infierno


Faltaban solo dos cuadras pero sabía que era demasiado tarde. Las luces de las patrullas y las personas reunidas indicaban que algo grave había ocurrido. Apuré la marcha y comencé a abrirme paso entre la multitud. Pasé bajo las cintas del perímetro, corrí hacia el granero y contemplé con horror la escena: El viejo Augusto yacía en medio de unos apurados forenses, con un enorme puñal ensangrentado en la mano derecha, mirando sin vida hacia el techo y una mueca entre furia y sonrisa dibujada en su rostro. A escasos cuatro metros se encontraba otro cuerpo; no podía discernir de quien se trataba, puesto que toda posibilidad de reconocimiento facial había sido convertida en picadillo al igual que su rostro. Salpicaduras de sangre adornaban las paredes y algunos dedos de la mano derecha eran marcados y fotografiados alrededor de la escena del crimen. “Un crimen atroz”, decían algunos, “pocas veces he visto una escena como esta” escuché decir a otro, pero la expresión en el rostro Augusto no dejaba lugar a dudas: por fin lo había logrado, su pequeña Marta había sido vengada.
Ocho años no habían sido suficientes para aplacar esa enorme furia alimentada las últimas semanas por la repugnante noticia: Después de casi 7 años de persecución y algunos meses de prisión preventiva, el abominable ser que había ultrajado y dado muerte a su pequeña de tan solo 10 años, había sido puesto en libertad por un error en los procedimientos. Un fallo técnico a la hora de recolectar las pruebas, un error humano; esto había sido suficiente para anular el juicio sin importar la contundencia de las pruebas, de la coincidencia de las huellas o de la compatibilidad del ADN con los fluidos encontrados en la pequeña víctima. Todo esto había podido soportarlo, pero cuando el oficial de escolta transportaba el desgraciado a la salida de la corte, este se paró en seco, lo miró con esa grotesca expresión de burla y le dijo “Me enteré que tienes otra preciosa hija, creo que sería bueno visitarla”. Sintió su corazón destrozarse en mil pedazos, cerró con gran fuerza sus puños mientras le comenzaba a hervir la sangre y decidió en el fondo de su alma que si El Sistema no le brindaba la justicia merecida, era su deber como padre tomarla en sus propias manos.
No utilizó mucho tiempo en preparativos, había repasado la escena mil veces en su cabeza desde hacía muchísimo tiempo. Esperó impaciente las horas, y con una fuerte convicción en su pecho y un afilado cuchillo en su mano, caminó  bajo el cobijo de la noche hacia la residencia del desgraciado.
Desde lejos podía escuchar la algarabía, una gran celebración se llevaba a cabo, el transgresor y sus amigos  se pavoneaban de la gran hazaña. Se dirigió al granero donde guardaban el licor y esperó pacientemente.  Pasaron algunas horas hasta que la reserva etílica había disminuido lo suficiente como para necesitar recarga. Había estudiado muy bien sus rutinas… había prestado total atención a las declaraciones… sabía que era la única persona que entraba a ese granero donde fue encontrada su hija y supo que su momento por fin había llegado.
Tardó el desgraciado en asomar la cara a la puerta para recibir la primera estocada del viejo Augusto. Llevó instintivamente las manos a su rostro justo en el momento de que la segunda ráfaga impactaba violentamente la mano, separando las falanges de la muñeca. Comenzó a gritar de dolor, pero el viejo aumentaba el ímpetu de su ataque. La sangre salpicaba las paredes del granero con cada destello del afilado puñal. Los gritos fueron escuchados por la multitud, que se encaminó hacia la escena para auxiliar a su amigo. Encendieron la luz solamente para observar el ya desfigurado rostro del degenerado, expirando su último aliento con Augusto sobre su pecho. Horrorizados escuchaban las demenciales carcajadas del viejo mientras continuaba ensartando el acero sobre la carne. De pronto el viejo pareció notar que su víctima había muerto. Lanzó un alarido gutural, una mezcla entre tristeza y rabia. Observó expectante a su alrededor, y sin ninguna contemplación, hundió de golpe el cuchillo en su pecho. Con la misma fuerza con que se había apuñalado sacó el arma de cuerpo y tendido en el piso, con una expresión de complacencia, expiró su último aliento.
Muchos dicen que se suicidó por miedo a enfrentar a la justicia, otros dicen que fue por la locura del momento, pero solo yo le escuché decir esa misma mañana que si la venganza no la satisfacía la muerte, con gusto la continuaría en el infierno.

jueves, 31 de agosto de 2017

Todo por la presa

No era la primera vez que discutían por este mismo tema. El irrumpir en sus tierras para cazar animales silvestres era cosa de todos los meses, pero Julián ya estaba harto de tener que devolverse con sus manos vacías siempre que Jacinto le amenazaba con su maldita escopeta.  Se retiró silenciosamente de la finca, fue a su casa a preparar su venganza contra el guarda parques y esperó pacientemente la noche.

Marcaban las 10:47 p.m. cuando comenzó el desarrollo del perverso plan: colocó cuidadosamente varias estacas en cada una de las puertas y ventanas de la vieja choza de madera, para evitar que pudieran abrirse desde adentro, roció combustible alrededor y acto seguido encendió un periódico. El fuego se propagó rápidamente; para cuando Jacinto se enteró de lo que pasaba, todas las salidas estaban selladas para impedir que escapara. Presa del pánico, corría hacia todas direcciones lanzando gritos de auxilio, pero la única respuesta que obtuvo fueron las carcajadas de Julián, que le animaba a seguir intentando escapar. Pronto, los gritos de auxilio se convirtieron en alaridos de dolor, las llamas comenzaron a acorralar a la víctima y el humo comenzó a expedir ese olor característico de la carne quemada. Finalmente los gritos se apagaron y el fuego continuó consumiendo la choza incansablemente.

Recogió su escopeta, llamó a sus perros y se adentró en lo profundo del bosque en busca de sus tan ansiadas presas. Llevaba suficientes provisiones para un par de días, esta vez, por fin, daría caza a una enorme presa. Eran casi las 5:00 a.m. cuando sus perros detectaron un rastro, sin dudarlo un segundo los liberó y corrió tras ellos. Los perdió por un instante de vista, de pronto un golpe en seco y un aullido le alertaron que algo andaba mal. Uno de sus canes pasó junto a sus piernas como alma que lleva el diablo, el sonido de las ramas quebrándose y los característicos gruñidos hicieron que corriera inmediatamente detrás de su perro. Un grupo de cerdos de monte que arrasaba todo a su paso no tardó en alcanzarlo, embistiéndolo, mordiéndolo y pisoteándolo. El infeliz cazador quedó tendido en el suelo bastante malherido, con una de sus piernas rota y sangrando. Se arrastró con gran dificultad hacia el tronco de un árbol, se recostó trabajosamente y lamentó su suerte: sus suministros habían quedado desperdigados y destruidos, con la pierna en ese estado sería imposible salir de esa enramada jungla. Las horas continuaban y el herido cazador seguía recostado al viejo tronco, su pierna continuaba sangrando y comenzaba a sentir hambre. Observó con horror como un enorme jaguar se aproximaba a los restos de comida que habían quedado esparcidos luego del ataque de los cerdos, intentó acomodarse pero el terrible dolor le hizo gritar involuntariamente, llamando de inmediato la atención del felino. Tomó con fuerza su escopeta y apuntó, el tiempo pareció congelarse. Jaló con fuerza el gatillo, un fuerte estallido y un lamento rompieron el silencio… había fallado… El jaguar se abalanzó ferozmente sobre el desgraciado, mordiendo con fuerza su cráneo hasta que logró romperlo, perdió toda reacción en su cuerpo, pero continuaba sintiendo. Con paciencia, el felino comenzó a devorarlo, desgarrando sus músculos y derramando sus entrañas, el cazado cazador no tuvo más remedio que quedarse ahí, en silencio, mientras observaba con terror y tristeza como viajaban los trozos de su cuerpo hacia el estómago del animal.

jueves, 22 de diciembre de 2016

Sed

Es aún de noche, y aún adormilado, frotas tus ojos y te incorporas lentamente para ir en busca de líquido.

Te levantas con dificultad mientras carraspeas varias veces, pocas veces has estado tan sediento… Das el primer paso en busca del interruptor de la luz y tus pies descalzos se encuentran con un cálido y viscoso charco en el piso.

Comienzas a alarmarte y no sabes si continuar buscando  o volver a esconderte bajo las sábanas, pero la sed es muy grande. Avanzas a tientas por el cuarto en busca del interruptor y por fin logras desactivarlo. Suspiras con alivio al contemplar la escena y ver que todo ha quedado a como lo dejaste. Lo que pisaste no fue más que un leve derrame, pero aún continúa fresco y sin poder movilizarse. Con la hermosa oscuridad imperando en la habitación, das los últimos sorbos y sales con sigilo por la ventana; de camino te reprendes pues nuevamente te has quedado dormido con la luz encendida justo después de haber cenado, apuras el paso y tu rostro refleja una gran preocupación; ya que casi está amaneciendo y debes darte prisa o no llegarás a tu féretro a tiempo...

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Remordimiento

En esta vida he visto y hecho cosas horribles… pero nada te prepara para lo que presencié ese día…

Mi primer día de trabajo para un poderoso capo de la droga. Estaba comenzando pero había ganado terreno con rapidez gracias a sus brutales métodos. Comenzó a operar en la zona cercana a mi ciudad y en muy poco tiempo se hizo con el control total de los territorios. Algunas pandillas y grupos emergentes huyeron, otros se asociaron y otros pocos sencillamente fueron exterminados.

Me reclutaron en una mañana de noviembre. Un tipo me había chocado por detrás y bajó de su auto insultándome. Yo, muy tranquilo le traté de indicar que se calmara, pero fue inútil. El infeliz se abalanzó sobre mí con sus ojos desorbitados por la ira y terminé deformándole la cabeza contra la puerta de su auto mientras una multitud aterrada presenciaba la masacre con gran impotencia.

Pronto fui acorralado por la policía, y sabiendo que no tenía chance alguno de escapar con vida, decidí arrodillarme, colocar las manos detrás de la cabeza y colaborar con los agentes.

Estando en la celda llegó este individuo. No vestía un traje caro, o multitud de joyas; parecía un tipo común y corriente, pero en el rostro de todos los agentes se notaba un gesto de miedo o respeto. 

Caminó hacia mi celda con llave en mano, abrió la cerradura y me ordenó que lo acompañara. Miré estupefacto como ninguno de los ahí presentes hacía el mínimo esfuerzo para detenerme.

Dimos algunas vueltas por sus territorios mientras me hacía la propuesta laboral más cuantiosa de lo que jamás había imaginado. Se me proporcionaría una habitación, instalada con todos los instrumentos necesarios y una cámara de video. El trabajo era sencillo: debía torturar y mutilar a cada víctima que me fuera proporcionada, y una vez finalizada la labor, debía enviar el video a la dirección asignada, donde uno de sus familiares presenciaría con horror las consecuencias de oponerse  los deseos del capo.

Me costó creerlo al principio, pero pronto comprendí que más que una oferta de trabajo, era una imposición, ya que se me había contado demasiado y de rechazarla posiblemente terminaría siendo el protagonista de alguno de esos macabros metrajes. Me entregaron un celular mientras me indicaban que esperara las instrucciones en casa.

Muy temprano en la mañana fui convocado, mientras una angustia terrible literalmente aflojó mi estómago. Me dirigí diligentemente al lugar indicado, donde me esperaba una bandeja con multitud de implementos de tortura: cuchillos, pinzas, alicates, ácidos y sierras entre otros. El cuarto era mediano, de 3 metros de largo por 4 metros de ancho, con dos espejos grandes en las paredes laterales, climatizado y totalmente a prueba de sonido.  Al fondo, colgando de un gancho, se encontraba un individuo desnudo, muy golpeado y con el rostro cubierto por una bolsa de tela. La bolsa contenía una rejilla similar al burqa de los árabes; por donde la víctima podía  observar lo que sucedía alrededor sin que el verdugo pudiera distinguir su rostro. Según la explicación de mi jefe, cumplía tanto como medida de seguridad como de tortura: en caso de que conociera a la víctima o fuera alguien famoso mi labor no se vería entorpecida mientras que el pobre desgraciado no perdería ningún detalle de su horripilante muerte.

Para este primer trabajo sería supervisado directamente por mi empleador. Se posicionó en el cuarto de observación –que estaba situado detrás de uno de los espejos, como en los interrogatorios de las películas- mientras yo seguía ahí parado, con el pulso acelerado y a punto de hacerme en mis pantalones nuevamente. Pasaron unos cinco minutos y ya mi jefe se estaba impacientando. Me indicó por medio de un altavoz que si no iniciaba en los próximos segundos cambiaría de lugar con la víctima y el sí no tendría reparo en descuartizarme. Me quedé unos segundos en silencio, pero cuando escuché la silla moverse a través del autoparlante me invadió el pánico, tomé uno de los cuchillos y lo clavé repetidamente en el abdomen del sujeto. Destrozarle la cara a otro en medio de una pelea no era tan difícil, pero hacerle esto a alguien que no me había hecho nada y a quien ni siquiera le había visto el rostro, era algo totalmente diferente. 

Dejó escapar un grito ahogado. Definitivamente tenía algo en su boca que le impedía expresarse con claridad y solo balbuceaba algunas cosas.  Poco a poco fui tomando los demás instrumentos, realizando algunas incisiones por aquí y allá hasta acabar con un tronco sin manos ni piernas colgando del gancho y ya sin vida. Salí a fumarme un cigarro y cuando regresé a limpiar las herramientas encontré otro cuerpo colgando. Esta vez era una mujer de mediana edad que en cuanto me vio comenzó a retorcerse. Ya para esta hora me sentía agotado, y tampoco tenía muchas ganas de alargarle el sufrimiento a la pobre infeliz, por lo que tomé el machete más grande que tuve a mi alcance y comencé a partirle miembro por miembro con todas mis fuerzas. No pasaron ni 5 minutos y ya estaba muerta y las partes desperdigadas por todo el piso, junto con las del otro infeliz.

Después de eso no recuerdo mucho más que un fuerte golpe por detrás y las risas de burla del jefe. 

Llevo poco más de una semana en este cuarto amarrado a una silla, tengo que hacer mis necesidades sobre mí, pero la verdad ya nada me importa. No puedo mover mi cabeza para ningún lado y tampoco puedo cerrar los ojos. Todo el día soy obligado a ver una y otra vez como descuarticé a esas dos personas, como me noquean al terminar y como el capo aproxima la cámara y revela bajo las máscaras los rostros de mis padres. Suplico por una muerte rápida pero se niegan a concedérmela… ¿Cómo iba yo a saber que el tipo a quien le destrocé la cabeza contra el auto era el hijo de un narcotraficante?


miércoles, 31 de agosto de 2016

Cierra bien la puerta

Tenía poco más de una semana laborando en la ciudad; llegó a su apartamento tarde en la noche como siempre, cansado de su arduo trabajo. Tomó un rápido baño y se acostó en la colchoneta que tenía colocada en el suelo. Le pareció un poco curioso el olor a perro en su cobija, pero la noche anterior había sido calurosa como pocas veces así que pensó que solo había sudado demasiado… Relajado y boca arriba, realizó su oración como todas las noches, se persignó al terminar justo cuando un fuerte dolor proveniente de su garganta y una cálida sensación bajando por su cuello le hicieron tratar de incorporarse. Abrió con sorpresa sus ojos y un par de ojos rojos como brasas le recibieron mientras  el enorme can masticaba con maldad pedazos de su carne. La excesiva cantidad de sangre comenzó a ahogarle y ya sin fuerzas expiró su último aliento justo cuando observaba hacia la puerta el desfile de la jauría que se disponía a degustar su carne.

jueves, 25 de agosto de 2016

8

Llevaba cuatro horas observando con la botella vacía junto a la carretera. La lluvia había empapado hasta sus tuétanos, pero no le importaba.

Seguía mirando hacia el vacío, sin prestar atención a los gritos de su vecino, 
seguía mirando hacia el vacío... sin entender como fue que esta desgracia sobrevino

Seguía con la mirada las líneas que dibujaban las gotas de lluvia al precipitarse contra el río. 
Líneas frágiles y directas, con reflejos rojos y azules. 
Líneas libres, incesantes, que bailaban con el viento.

Se aferró con furia a los oxidados fierros, 
sosteniendo junto con su cuerpo también su alma. 
Se aferró fuerte, con todas sus fuerzas, y comenzó a perder la calma.

Lágrimas brotaron de sus ojos, 
mas provenían de su dolido corazón, 
lágrimas brotaron de sus ojos, 
y de vivir perdió la ilusión.

No escuchaba los lamentos, 
de su madre que le imploraba, 
solo escuchaba la voz de su esposa, 
que desde el fondo le llamaba.

Suspiró con fuerza, volteó llorando al cielo y se armó de coraje, 
y saltó con rabia hacia el vacío, hacia lo que sería su último viaje

extendió sus brazos mientras caía, buscando el último abrazo de su mujer
y se estrelló contra las rocas, esparciendo su cuerpo como un trozo de pastel.

miércoles, 15 de junio de 2016

Visita inesperada

El sol matutino comenzaba a calentar cuando Leticia cerró el portón de la escuela. Era un caluroso día de mayo y las chicharras comenzaban su incansable canto. El reloj marcaba las 7:05 a.m., y juntando a todos los niños formando una fila india, los condujo hacia su salón de clases.Era un día normal, un día tranquilo como cualquier otro. Acomodó a sus niños en media luna y les puso una película educativa mientras iba a su oficina a digitar una nota para los padres de familia. Todo iba bien, los pequeños se encontraban absortos en la pantalla y se escuchaban carcajadas de vez en cuando.

-¿Niña?- Escuchó una voz llamándole, volteó y no vio nada. -¿Niña?- escuchó nuevamente. Se levanto de su asiento y fue al aula por si alguno de sus niños le necesitaba, pero todos estaban muy entretenidos con la película. Los contó rápidamente. Estaban todos. Volvió a su asiento y continuó con lo que estaba haciendo. -¿Niña?- Escuchó por tercera vez. Volteó y de nuevo, no vio nada. De pronto, un inusual silencio alertó a la docente de que algo ocurría. Caminó de prisa hacia el salón y notó a todos los niños muy callados mirando fijamente hacia la ventana, y junto a ella, un niño que no había visto nunca: Era sumamente pálido, con el cabello negro, largo y andrajoso, que cubría casi toda su cara; una criatura muy descuidada y al parecer desnutrida. No se explicaba como había llegado ahí, pues todo estaba cerrado y la ventana junto a la que estaba de pie había permanecido sellada por años.

Comenzó a acercarse lentamente mientras los niños continuaban mirando fijamente sin apartar la mirada. -¿Cómo te llamas? No te había visto antes..- pero el niño no se movió un centímetro, mientras la inquieta maestra continuaba su camino hacia la pequeña criatura.
Estando a escasos dos metros, se agachó para estar a su altura, le dirigió una mirada tierna y le preguntó nuevamente por su nombre; pero nuevamente no obtuvo respuesta alguna. Se acercó un poco más y el niño levantó su rostro. Algo la hizo detenerse en ese instante, e instintivamente, comenzó a retroceder, extendiendo sus brazos, como intentando proteger a sus niños. Volteó un instante para ver como estaban y descubrió que todos se encontraban cerca de la puerta, apuñados cuan corderos, hizo una señal y lentamente todos fueron abandonando el salón. Volteó nuevamente y el niño seguía ahí, viéndola fijamente, Un ojo rojo, el otro negro y una expresión sumamente lúgubre que tornaban aún más pesado el ambiente del salón. Respiró profundamente, tomó en su mano la medalla de San Benito que colgaba de su cuello, trató nuevamente de hablarle y pudo ver su aliento al proferir la primera palabra. Notó entonces que la temperatura en la habitación había descendido súbitamente. Miró nuevamente al niño y su expresión había cambiado por una de extrema preocupación. El niño levantó su mano lentamente y señaló a la espalda de la docente. Leticia volteó y vio una enorme sombra detrás de ella. Presa del pánico, intentó incorporarse y salir huyendo, pero sus piernas estaban entumecidas por el frío, perdió el equilibrio y se golpeó la cabeza con una silla antes de perder el conocimiento.
Despertó en la clínica con su cabeza vendada, su esposo estaba dormido a su lado acompañándola. Sintió la temperatura descender nuevamente y un intenso dolor en su vientre; levantó la bata y tenía una cicatriz de quemadura con la forma de una pequeña mano. Dirigió su vista en dirección a la ahora empañada ventana y observó una palma dibujada sobre el frío, mientras unas inquietantes risas que venían de afuera se iban alejando.

Hasta el Infierno

Faltaban solo dos cuadras pero sabía que era demasiado tarde. Las luces de las patrullas y las personas reunidas indicaban que algo grave ...