martes, 22 de mayo de 2018

Cuestión de Tierras



Dentro de todas las historias que me contaba mi abuelita, hay una que siempre quedó en mi memoria, y que en muchas noches perturbó mis sueños, al recordar las espantosas descripciones sobre los horrores presenciados.

Eran tiempos difíciles en Centroamérica, las autoridades gubernamentales se habían aliado con empresas privadas para promover la explotación minera en territorios ocupados históricamente por la población indígena, habían contratado empresas de seguridad privada en las cuales los dueños eran ex militares, y utilizaban todo tipo de métodos para obligar a los habitantes a elegir entre abandonar sus tierras o perder la vida.  Mi abuela era una de las líderes comunales con más arraigo en nuestro pueblo, y se negaba rotundamente a abandonarlo.

El tiempo transcurría, y las tensiones aumentaban con el pasar de los días, lanzaban piedras a su casa o dejaban partes de sus animales muertos en las entradas.  Era espeluznante, pero lo peor estaba por llegar.

Al cumplirse el tercer mes, un grupo de hombres armados entraron a su casa en la madrugada. Mi abuelo intentó enfrentarlos, pero de un balazo en la cabeza eliminaron todo intento de defensa. Se dirigieron hacia mi abuela,  la golpearon, amordazaron y la depositaron en el cajón de un camión, en el cual pudo observar a los demás líderes comunales bastante mal heridos. No sabía exactamente cuánto tiempo estuvieron en ese cajón, ni hacia donde fueron transportados, pues perdió el conocimiento en varias ocasiones; y para cuando fueron sacados del automotor uno de los secuestrados había fallecido a causa de la brutal golpiza.

Los acomodaron dentro de una oscura bodega, amarrados fuertemente a una silla y fueron sentados en círculos alrededor de una bombilla incandescente. Podía observar el miedo y la desesperación reflejados en cada uno de los ahí presentes, una mordaza les impedía gritar por ayuda, pero estaba segura que aunque gritaran con toda su alma, nadie podría escucharlos.

Un par de horas después, se escuchó el rechinar de una puerta al abrirse, el fuerte ruido de las pisadas indicaba varias personas acercándose. Cuatro hombres se aproximaron y uno de ellos comenzó a golpear al dirigente de la comunidad del norte con un trozo de metal. La paliza fue brutal, la sangre salpicaba constantemente las paredes y pronto los quejidos dieron lugar a los espasmos y el desdichado hombre expiró lo que parecía ser su último aliento, camuflado entre los restos de lo que alguna vez fue un rostro humano.

La sangre continuaba emanando de donde alguna vez estuvo su mandíbula, los espasmos continuaban y después de notar que ninguno de los atacantes tenía el rostro cubierto, mi abuela comprendió que no planeaban dejarlos salir de esta con vida.

Un par de horas después los animales regresaron, trayendo consigo una caja de metal la cual colocaron en el centro. Las moscas comenzaban a posarse sobre el cadáver del recién fallecido, la caja fue abierta lentamente y un extraño líquido fue inyectado a otro de los líderes comunales. En cuestión de segundos el pobre desdichado estaba completamente paralizado, pero sus ojos llenos de terror confirmaban que mantenía total consciencia aunque había perdido el control de su cuerpo.

Lentamente, comenzando desde sus pies desnudos, y con una especie de concha marina afilada, uno de los captores comenzó a remover la piel de los dedos, una larga tira de piel removida dejaba al descubierto el color de la carne y los gritos ahogados demostraban el increíble dolor que la víctima estaba sufriendo. Muy al contrario del anterior asesinato, este se estaba forjando con total paciencia y lentitud. Una a una, las tiras de piel iban siendo depositadas sobre los hombros de la víctima, quien perdía el conocimiento por momentos a causa de la tortura, pero rápidamente era despertado para asegurarse de que no perdía un solo minuto de sufrimiento. Las horas pasaron, y aparte de la víctima de turno solo quedaban dos sobrevivientes, quienes eran obligados a contemplar las atrocidades que se cometían frente a ellos sin poder hacer nada al respecto.

Cuando el último trozo de piel fue removido del rostro del desgraciado, el que parecía ser el jefe hizo una señal a otro de los captores, quien trajo consigo un enorme espejo. Los captores rieron descaradamente y lo colocaron frente a la desollada víctima quien comenzó a llorar amargamente. Luego de algunos minutos extra de agonía, rociaron combustible sobre la carne expuesta y le prendieron fuego para terminar con su desgracia mientras abandonaban por unas horas a los secuestrados restantes.

El calor era insoportable y el hedor a carne quemada impregnaba la bodega donde estaban encerrados. El cuerpo de la primera víctima comenzaba a descomponerse y esa mezcla de olores amenazaba con finalizar las desgracias de mi abuela a causa de un ahogamiento por el vómito.

Al cabo de algunas horas comenzó a escuchar mucho movimiento. Los alrededores se escuchaban muy agitados y varios motores se pusieron en marcha y los ruidos se alejaban rápidamente. En un instante comenzaron a escuchar detonaciones, ruidos de motores acercándose y a alguien gritar a los demás que escaparan hacia la montaña. Una nube de humo ingresaba desde la puerta y en un instante uno de los captores entró de golpe en la bodega, permitiendo la claridad del día ingresar y pudo observar la batalla campal que se libraba afuera. El recién ingresado se dirigió con una escopeta entre sus manos hacia el otro sobreviviente, colocó el cañón en la sien derecha y con una sola detonación impregnó las paredes de materia gris mientras la parte superior del cráneo rebotaba algunos metros hacia la derecha. Recargó de nuevo las cámaras del arma, apuntó hacia el pecho de mi abuela, y una lluvia de detonaciones des-balancearon violentamente el cuerpo del individuo quien se precipitaba hacia el suelo con los ojos extraviados. El humo seguía ingresando a la bodega y lentamente mi abuela iba perdiendo el conocimiento. Un cálido abrazo recorría su vientre y sintiéndose por fin a salvo, cerró sus ojos mientras los ejecutores de su captor se acercaban en su auxilio.

Siempre que le pregunté a mi abuela sobre los eventos posteriores, esquivaba el tema; y cada ocasión en que les contaba a mis padres sobre las historias de mi abuela, se preocupaban y horas más tarde podía ver a mi padre llorando frente a esa bonita urna colocada en el centro de la sala.


miércoles, 21 de febrero de 2018

Hasta el Infierno


Faltaban solo dos cuadras pero sabía que era demasiado tarde. Las luces de las patrullas y las personas reunidas indicaban que algo grave había ocurrido. Apuré la marcha y comencé a abrirme paso entre la multitud. Pasé bajo las cintas del perímetro, corrí hacia el granero y contemplé con horror la escena: El viejo Augusto yacía en medio de unos apurados forenses, con un enorme puñal ensangrentado en la mano derecha, mirando sin vida hacia el techo y una mueca entre furia y sonrisa dibujada en su rostro. A escasos cuatro metros se encontraba otro cuerpo; no podía discernir de quien se trataba, puesto que toda posibilidad de reconocimiento facial había sido convertida en picadillo al igual que su rostro. Salpicaduras de sangre adornaban las paredes y algunos dedos de la mano derecha eran marcados y fotografiados alrededor de la escena del crimen. “Un crimen atroz”, decían algunos, “pocas veces he visto una escena como esta” escuché decir a otro, pero la expresión en el rostro Augusto no dejaba lugar a dudas: por fin lo había logrado, su pequeña Marta había sido vengada.
Ocho años no habían sido suficientes para aplacar esa enorme furia alimentada las últimas semanas por la repugnante noticia: Después de casi 7 años de persecución y algunos meses de prisión preventiva, el abominable ser que había ultrajado y dado muerte a su pequeña de tan solo 10 años, había sido puesto en libertad por un error en los procedimientos. Un fallo técnico a la hora de recolectar las pruebas, un error humano; esto había sido suficiente para anular el juicio sin importar la contundencia de las pruebas, de la coincidencia de las huellas o de la compatibilidad del ADN con los fluidos encontrados en la pequeña víctima. Todo esto había podido soportarlo, pero cuando el oficial de escolta transportaba el desgraciado a la salida de la corte, este se paró en seco, lo miró con esa grotesca expresión de burla y le dijo “Me enteré que tienes otra preciosa hija, creo que sería bueno visitarla”. Sintió su corazón destrozarse en mil pedazos, cerró con gran fuerza sus puños mientras le comenzaba a hervir la sangre y decidió en el fondo de su alma que si El Sistema no le brindaba la justicia merecida, era su deber como padre tomarla en sus propias manos.
No utilizó mucho tiempo en preparativos, había repasado la escena mil veces en su cabeza desde hacía muchísimo tiempo. Esperó impaciente las horas, y con una fuerte convicción en su pecho y un afilado cuchillo en su mano, caminó  bajo el cobijo de la noche hacia la residencia del desgraciado.
Desde lejos podía escuchar la algarabía, una gran celebración se llevaba a cabo, el transgresor y sus amigos  se pavoneaban de la gran hazaña. Se dirigió al granero donde guardaban el licor y esperó pacientemente.  Pasaron algunas horas hasta que la reserva etílica había disminuido lo suficiente como para necesitar recarga. Había estudiado muy bien sus rutinas… había prestado total atención a las declaraciones… sabía que era la única persona que entraba a ese granero donde fue encontrada su hija y supo que su momento por fin había llegado.
Tardó el desgraciado en asomar la cara a la puerta para recibir la primera estocada del viejo Augusto. Llevó instintivamente las manos a su rostro justo en el momento de que la segunda ráfaga impactaba violentamente la mano, separando las falanges de la muñeca. Comenzó a gritar de dolor, pero el viejo aumentaba el ímpetu de su ataque. La sangre salpicaba las paredes del granero con cada destello del afilado puñal. Los gritos fueron escuchados por la multitud, que se encaminó hacia la escena para auxiliar a su amigo. Encendieron la luz solamente para observar el ya desfigurado rostro del degenerado, expirando su último aliento con Augusto sobre su pecho. Horrorizados escuchaban las demenciales carcajadas del viejo mientras continuaba ensartando el acero sobre la carne. De pronto el viejo pareció notar que su víctima había muerto. Lanzó un alarido gutural, una mezcla entre tristeza y rabia. Observó expectante a su alrededor, y sin ninguna contemplación, hundió de golpe el cuchillo en su pecho. Con la misma fuerza con que se había apuñalado sacó el arma de cuerpo y tendido en el piso, con una expresión de complacencia, expiró su último aliento.
Muchos dicen que se suicidó por miedo a enfrentar a la justicia, otros dicen que fue por la locura del momento, pero solo yo le escuché decir esa misma mañana que si la venganza no la satisfacía la muerte, con gusto la continuaría en el infierno.

jueves, 31 de agosto de 2017

Todo por la presa

No era la primera vez que discutían por este mismo tema. El irrumpir en sus tierras para cazar animales silvestres era cosa de todos los meses, pero Julián ya estaba harto de tener que devolverse con sus manos vacías siempre que Jacinto le amenazaba con su maldita escopeta.  Se retiró silenciosamente de la finca, fue a su casa a preparar su venganza contra el guarda parques y esperó pacientemente la noche.

Marcaban las 10:47 p.m. cuando comenzó el desarrollo del perverso plan: colocó cuidadosamente varias estacas en cada una de las puertas y ventanas de la vieja choza de madera, para evitar que pudieran abrirse desde adentro, roció combustible alrededor y acto seguido encendió un periódico. El fuego se propagó rápidamente; para cuando Jacinto se enteró de lo que pasaba, todas las salidas estaban selladas para impedir que escapara. Presa del pánico, corría hacia todas direcciones lanzando gritos de auxilio, pero la única respuesta que obtuvo fueron las carcajadas de Julián, que le animaba a seguir intentando escapar. Pronto, los gritos de auxilio se convirtieron en alaridos de dolor, las llamas comenzaron a acorralar a la víctima y el humo comenzó a expedir ese olor característico de la carne quemada. Finalmente los gritos se apagaron y el fuego continuó consumiendo la choza incansablemente.

Recogió su escopeta, llamó a sus perros y se adentró en lo profundo del bosque en busca de sus tan ansiadas presas. Llevaba suficientes provisiones para un par de días, esta vez, por fin, daría caza a una enorme presa. Eran casi las 5:00 a.m. cuando sus perros detectaron un rastro, sin dudarlo un segundo los liberó y corrió tras ellos. Los perdió por un instante de vista, de pronto un golpe en seco y un aullido le alertaron que algo andaba mal. Uno de sus canes pasó junto a sus piernas como alma que lleva el diablo, el sonido de las ramas quebrándose y los característicos gruñidos hicieron que corriera inmediatamente detrás de su perro. Un grupo de cerdos de monte que arrasaba todo a su paso no tardó en alcanzarlo, embistiéndolo, mordiéndolo y pisoteándolo. El infeliz cazador quedó tendido en el suelo bastante malherido, con una de sus piernas rota y sangrando. Se arrastró con gran dificultad hacia el tronco de un árbol, se recostó trabajosamente y lamentó su suerte: sus suministros habían quedado desperdigados y destruidos, con la pierna en ese estado sería imposible salir de esa enramada jungla. Las horas continuaban y el herido cazador seguía recostado al viejo tronco, su pierna continuaba sangrando y comenzaba a sentir hambre. Observó con horror como un enorme jaguar se aproximaba a los restos de comida que habían quedado esparcidos luego del ataque de los cerdos, intentó acomodarse pero el terrible dolor le hizo gritar involuntariamente, llamando de inmediato la atención del felino. Tomó con fuerza su escopeta y apuntó, el tiempo pareció congelarse. Jaló con fuerza el gatillo, un fuerte estallido y un lamento rompieron el silencio… había fallado… El jaguar se abalanzó ferozmente sobre el desgraciado, mordiendo con fuerza su cráneo hasta que logró romperlo, perdió toda reacción en su cuerpo, pero continuaba sintiendo. Con paciencia, el felino comenzó a devorarlo, desgarrando sus músculos y derramando sus entrañas, el cazado cazador no tuvo más remedio que quedarse ahí, en silencio, mientras observaba con terror y tristeza como viajaban los trozos de su cuerpo hacia el estómago del animal.

miércoles, 12 de julio de 2017

Amistad

Molly era una joven curiosa y reprimida. Había pasado la mayor parte de su adolescencia entre libros y estudios como medio de escape a los problemas que tenía su familia. Hija de un padre ausente y una madre alcohólica que había decidido suicidarse, se las había arreglado para vivir sola en la casa, sobreviviendo con el dinero del seguro que había dejado su madre -la única cosa que había hecho bien en la vida, solía decirse-. Su pasatiempo favorito consistía en leer todas las tardes algún que otro libro que conseguía de la biblioteca pública. Tenía solo una amiga: Arlen Gómez, quien vivía con su madre y su padrastro en una hermosa casa con una gran zona verde complementada con un hermoso paisaje; situada en los linderos del pueblo, un tanto alejada de los demás vecinos. Con ella compartía la afición por la lectura, aunque los gustos de Arlen eran un poco más escuetos y se dedicaba básicamente a leer novelas de príncipes, princesas, ogros y hadas. En ocasiones solía quedarse a dormir en su casa, donde podía pasar horas leyendo en la más profunda paz y tranquilidad.
Cierto día, revisando un libro de historia en la biblioteca, halló una página escrita a mano. Era un papel sucio y amarillento, doblado a modo de separador en el capítulo de platillos típicos de los aborígenes centroamericanos. Estaba escrito con lápiz, y aunque la letra estaba algo desgastada, aún era legible. Sintió curiosidad pero como tenía algo de prisa, lo metió en su bolsillo y colocó el libro de nuevo en su lugar. Caminó con apuro hacia su casa, pues debía llegar temprano y encerrarse en la seguridad de su cuarto antes de que cayera la noche, ya que el barrio donde vivía no tenía muy buena reputación cuando reinaba la oscuridad. Se colocó los audífonos, y acostada en su cama, continuó el libro comenzado del día anterior. Al cabo de unas horas, y una vez finalizada la novela, se recostó en su cama observando el ventilador y el adorno que colgaba del centro de este: un pequeño atrapasueños algo deshilachado que había confeccionado hacía un par de años en la clase de educación para el hogar. Nunca había creído mucho en talismanes o cosas similares, pero algo en este le transmitía cierta paz, ayudándole a conciliar el sueño cuando nada más lo había hecho. Le había obsequiado uno igual a su amiga Arlen, juntas lo habían colocado en el respaldar de la cama. Llevaba un par de años ahí colgado, y en ese par de años, nunca se les había ocurrido cambiar la piedra.
Sin tener mucho que hacer llevó la mano a sus bolsillos, y localizó en ellos el papel que había encontrado esa tarde. Sonrió con ternura mientras desdoblaba el papel para leer la receta. Tenía curiosidad sobre el sabor que podía tener aquel platillo y pensó que el modo de preparación, tomando en cuenta los rudimentarios utensilios que utilizaban en la época pre-colombina, debía ser bastante sencillo.
Leyó solo un par de líneas y de inmediato cayó en cuenta de que eso no era una receta de cocina como había pensado. Era una lista de ingredientes sí, pero hasta el más ignorante cocinero se daría cuenta que 40grs de brea nunca darían buen sabor a alguna receta comestible. La lista continuaba con 25grs de tierra de cementerio, tres cabellos del invocador (con raíz), una rama de eneldo, ocho moras silvestres y algunos otros ingredientes fácilmente encontrados en cualquier cocina. La mezcla debía realizarse en un contenedor de cobre y recitar el conjuro escrito en el reverso de la hoja. La nota no ponía más detalles, ni la hora a la que debía realizarse el conjuro ni el motivo o utilidad del mismo, después de todo solo era una amarillenta hoja encontrada en un viejo libro de historia junto a un compendio de recetas indígenas. Arrugó el viejo papel y lo lanzó hacia la papelera en la esquina de su cuarto. Cerró los ojos y rápidamente concilió el sueño.
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Despertó con más energía que de costumbre, se vistió de prisa y caminó de prisa hacia el colegio. A la hora de almuerzo se encontró con Arlen y dedicaron el resto del recreo a contar sus historias de los últimos dos días. Notó a su amiga un poco retraída; la sonrisa que la caracterizaba se había apagado. Molly sabía que algo no andaba bien, pero su amiga se negaba a confesarlo.
Para el final de la tarde, después de mucha insistencia, Arlen le reveló que se sentía muy inquieta; pues desde hacía un par de días sentía que alguien le observaba mientras se bañaba y tenía serias sospechas sobre su padrastro. Desde un principio habían notado que el hombre la miraba raro y nunca les había generado confianza; razón por la cual siempre buscaba estar cerca de su madre, evitando a toda costa el quedarse a solas con el tipo.
Se despidió de Arlen no sin antes obligarla a prometer que llamaría de inmediato si algo pasaba; le dio un fuerte abrazo y se encaminó a la biblioteca para cambiar los libros leídos por unos nuevos. Volvió de prisa a su casa para comenzar una nueva lectura.
Eran casi las 5:00 p.m. Llevaba un par de horas disfrutando una novela cuando timbró el teléfono: Era la policía… había sucedido lo que tanto temían…
 Afortunadamente los paramédicos llegaron a tiempo para lograr llevar a la madre de Arlen al hospital.
Con valentía había tratado de defender a su hija y el miserable le había propinado dos puñaladas en el abdomen. La encontraron tirada en la sala de la casa, aún con el teléfono en su mano. Lograron estabilizarla pero estaba muy delicada, por lo que rápidamente fue subida a la ambulancia mientras los demás paramédicos examinaban a la otra víctima que yacía en un lote baldío cercano con la mirada perdida y en un completo estado de shock. Molly acompañó a Arlen mientras el forense realizaba los exámenes y al ser casi las 11:30 p.m. volvieron a casa. Sacaron un par de sábanas extra y ambas se acomodaron en el mismo cuarto para sentirse protegidas.
Con temor a que el infeliz apareciera de nuevo a terminar de arruinarles la vida lloraron abrazadas hasta quedarse dormidas.
*****
Llegó la mañana y con ella una nueva esperanza. Tan pronto Molly despertó llamó a la escuela para avisar que ese día faltarían. Narró a grandes rasgos por qué no asistirían y preparó el desayuno para sorprender a su amiga en la cama. Sabía que estaba en una situación muy difícil, era su deber apoyarla en todo lo estuviera a su alcance.
Desayunaron y luego llamaron al hospital para coordinar las horas de visita a la convaleciente madre. Con alegría les comunicaron que la peor parte ya había pasado y la señora estaba fuera de peligro. Se arreglaron y fueron al hospital a la hora acordada. Arlen entró primero. Madre e hija lloraron juntas por casi media hora. La afligida hija se encontraba ahora un poco más animada, razón por la cual decidieron pasar por su casa  a recoger ropa limpia y algunos cuadernos para la escuela.
Era un día soleado pero fresco. Una suave brisa jugaba con los cabellos de las jóvenes y cerca del lote baldío donde sucedió el ataque ya comenzaban a madurar los frutos de una mora silvestre. Arlen tomó fuerte la mano de su amiga al pasar frente al terreno. Ambas guardaron silencio y continuaron así hasta llegar a la casa de Molly.
Poco a poco las cosas volvían a la normalidad,  para la hora de la cena ambas jóvenes sonreían, logrando incluso gastarse algunas bromas. Terminaron de acomodar la cocina y se encerraron en el cuarto para hablar con mucha más confianza.
Mientras acomodaban las cosas y limpiaban un poco el desorden, Arlen dio con la vieja receta olvidada en la esquina. La desplegó con cuidado, leyó las líneas y sus curiosos ojos se iluminaron. La guardó disimuladamente en el bolsillo de su pantalón y continuó con las labores de limpieza.
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Jueves por la mañana y tocaba examen de matemáticas. Habían estudiado muy poco, por lo que sabían que las probabilidades de aprobarlo eran muy reducidas. Acordaron contestar lo que podían y salir lo más pronto posible para ir al hospital. Al ser las 11 de la mañana se encontraban frente a una señora Gómez que se recuperaba satisfactoriamente; los doctores esperaban darle de alta en menos de una semana.
Luego de salir del centro médico pasaron por la comisaría para conocer si progresaban las averiguaciones y la persecución del criminal, pero lo único que les dijeron fue que el caso seguía en investigación, que no habían podido dar con el violador; que las mantendrían informadas ante cualquier eventualidad y procuraran no caminar por lugares desolados…
Pasaron nuevamente a la casa de Arlen por suministros. Aún estaban seleccionando que ropa llevarse cuando un ruido en la cocina las alertó. Estaban completamente seguras de haber cerrado la puerta al entrar y en la casa no había mascotas, por lo que ese ruido solo podía significar la presencia de un extraño o algo mucho peor: que el desgraciado había regresado a la escena del crimen en busca de algo o alguien.
Con mucha cautela para no hacer ruido colocaron el seguro a la puerta del cuarto y marcaron el 911, con una voz muy baja solicitaron ayuda y se abrazaron en un rincón rogando porque nada malo les pasara.
En menos de cinco minutos la policía estaba tocando a la puerta, llamado que fue interrumpido por el sonido de cristales rotos provenientes de la cocina, seguido de una advertencia del policía y varias de detonaciones. Vieron con horror a través de la ventana como el policía arrastraba penosamente la pierna camino hacia la patrulla, en un intento desesperado por salvaguardarse mientras el padrastro de Arlen venía tras él; sosteniéndose el estómago y con un arma desenfundada que utilizó para acabar con la vida del desdichado oficial. Marcaron de prisa al 911  para narrar los hechos, pero justo en ese momento el tipo volteó hacia la ventana y sus miradas se encontraron. Con su mano izquierda cubriendo el estómago para detener el sangrado y la derecha apuntando el arma hacia las chicas, descargó lo que quedaba del magacín contra la pared del cuarto. Hizo el intento de ingresar nuevamente a la casa, pero el sonido de las sirenas le obligó a retirarse de la escena escapando por entre la maleza.
Fueron llevadas a la comisaría para tomar sus declaraciones y posteriormente fueron escoltadas a casa de Molly por un oficial. Se les brindo protección las 24 horas mientras la policía seguía revisando el perímetro en busca del fugitivo.
Cerca de la media noche por fin pudieron conciliar el sueño gracias a los calmantes.
***
El sonido del bullicio mañanero despertó a las cansadas jóvenes, que aún algo aturdidas por los medicamentos, no tenían demasiadas ganas de levantarse. El reloj marcaba las 9:50 y el teléfono que descansaba sobre la mesa de noche comenzó a timbrar. Era el jefe de la policía que las citaba a la comisaría. Al llegar al lugar les informaron que habían estado a punto de atrapar al fugitivo pero había logrado escaparse hiriendo de gravedad a otro de los oficiales. Habían perdido el rastro y lo único que sabían es que el tipo estaba herido en el estómago. La protección sobre las jóvenes se mantendría, por lo que desde ahora en adelante, a donde se dirigieran, debían de ir acompañadas por el oficial Ramírez: un tipo algo viejo, alto y con las piernas largas y flacas. Ambas chicas lo examinaron de abajo hacia arriba y se miraron sorprendidas, pues nunca habrían podido encontrar una descripción más acertada de una cara de idiota.
Volvieron a casa y encendieron la televisión. La foto del desgraciado aparecía en primer plano de las noticias. La presentadora solicitaba la colaboración de la audiencia para dar con el paradero, indicando que estaba armado y era peligroso, por lo que no debían tratar de detenerlo sino limitarse a informar de inmediato a las autoridades.
Arlen sujetó con fuerza el papel dentro de su bolsillo y solicitó a Ramírez que la acompañara a realizar algunas compras. Molly la miró estupefacta, no entendía porque su amiga había decidido de pronto salir de casa, intentó disuadirla pero no consiguió hacerla desistir, así que decidió que también la acompañaría.
La primera parada fue la ferretería, donde compró unos cuencos de cobre, una espátula y un frasco con brea. Luego a “La Casa de la Abuela”, una floristería local, donde consiguió la menta, el laurel y el eneldo. Molly ya comenzaba a sospechar las intenciones de su amiga y disimuladamente trataba de hacerla desistir, mientras el oficial algo impaciente presionaba la bocina del automóvil para apurar a las chicas.
Antes de volver a casa de Molly, Arlen pidió pasar a su casa a recoger algo que necesitaba. Ingresó al cuarto de su madre y sacó la navaja suiza que le había regalado a su padrastro para el cumpleaños. Corrió al lote baldío y recolectó las moras que ya habían madurado lo suficiente. Unos metros antes de llegar a la casa las esperaba Roberto, un antiguo novio de Arlen, con una  mirada de incertidumbre y un paquete en su mano.
Arlen le agradeció y se despidieron con un fuerte abrazo. Entraron calladas a la casa, se encerraron en el cuarto y una vez a solas, Molly continuó tratando de disuadirla.
El sol comenzaba a ocultarse por entre las montañas y uno a uno los ingredientes para el conjuro iban siendo colocados en el piso del cuarto mientras Molly seguía tratando desesperadamente que su amiga recapacitara. Arlen se detuvo un instante y con una mirada fría y un par de improperios le dio a elegir entre ayudarla o desaparecer del cuarto. Molly sintió miedo y mucha indignación al ver que estaba siendo expulsada de su propia habitación. Un ritual espiritista es lo que menos necesitaba en este momento, quería mucho a su amiga, pero no estaba dispuesta a permitir que ese tipo de cosas dentro de su casa. Bastante había leído para saber que jugar con lo oculto nunca traía buenas recompensas.
Con una mano giró la manecilla de la puerta y con la otra le indicó la salida a su amiga. Sorprendida y furiosa, Arlen recogió todos los ingredientes y salió de la casa lanzando otra ola de improperios. El oficial muy confundido trató de detenerla, pero ella, lanzándole un manotazo, hizo caso omiso a sus advertencias y continuó su camino dejando atrás al oficial Ramírez quien sostenía su nariz con ambas manos tratando de detener el sangrado.
Molly se quedó en casa muy decepcionada de su amiga  mientras Ramírez corría tras Arlen tan rápido como sus piernas se lo permitían; con una vieja linterna en su mano y un par de algodones saliendo de sus fosas nasales.
Unas cuantas zancadas más y logró alcanzarla casi llegando a su casa. La acompañó el final del trayecto y una vez posicionado, cuan inmaculado en la puerta, llamó a su jefatura a reportar el cambio de domicilio y solicitar un nuevo refuerzo para el oficial que custodiaba la casa de Molly. Colgó el teléfono mientras los gritos de su jefe aún podían escucharse, Arlen ya estaba instalada en su cuarto con las puertas aseguradas para evitar más interrupciones y los ingredientes distribuidos a lo largo de su cama. Miró hacia el respaldar el amuleto que le había dado su amiga y lo desprendió de un furioso tirón destruyéndolo. Las cuentas se esparcieron por el piso y aún molesta, lanzó lo que quedaba por la ventana y la cerró.
Abrió cuidadosamente el paquete que le había entregado Roberto y vertió una tercera parte de la tierra de cementerio que contenía dentro del recipiente. Machacó las plantas junto con sus cabellos y la brea y los revolvió con la espátula, colocó la navaja y vertió el restante de tierra hasta cubrirla. Comenzó a recitar los versos una y otra vez durante poco más de media hora, pero nada parecía ocurrir. Comenzaba a decepcionarse cuando sintió que la temperatura del cuarto comenzó a descender y el recipiente en sus manos comenzaba a arder. Pronto no lo pudo sostener más y lo soltó, esparciendo su contenido sobre el suelo.
Una ráfaga de viento impactó contra la ventana y rompió los cristales provocándole algunas heridas en el rostro. El amasijo se había mezclado con las cuentas del atrapasueños y la piedra del atrapasueños que nunca se le ocurrió cambiar; cargada con energía negativa que se había acumulado en la casa a lo largo de los meses. Ahora, piedra, ingredientes y algunas gotas de sangre de las heridas se habían combinado y extrañas voces inundaban el cuarto mientras el viento se hacía cada vez más fuerte y revolvía todo a su paso. Las voces aumentaron la intensidad hasta casi dejarla sorda, y de pronto solo se callaron.
Como si se encontrase en el ojo de un huracán, las cosas de la habitación flotaban en calma, ignorando por completo la ley de la gravitación y un ente extraño y deforme apareció.
Ambos permanecieron en silencio por unos segundos mirándose fijamente hasta que finalmente uno de los dos habló:
-¿Cuál es el deseo de tu corazón?- Preguntó el ente.
-Venganza- Replicó la joven sin dudarlo.
-Hmm…Un contrato de ese tipo tiene un alto precio. ¿Qué tanto estás dispuesta a pagar por esa…venganza?- Preguntó el sujeto.
Pasaron unos segundos de total silencio. Arlen dudaba en su respuesta, y el ente permanecía inmóvil y callado, solamente aguardando. Comenzó a recordar cada minuto de sufrimiento a manos de ese degenerado, cómo había arruinado su vida y como por poco le arrebató a su madre. Cómo había puesto sus asquerosas manos sobre ella y como le había abusado sin importarle las súplicas ni el dolor que le estaba provocando. Recordó cada segundo bajo ese enorme y repulsivo cuerpo jadeante que le sostenía las manos y le abofeteaba cada vez con más fuerza cuando trataba de cerrar sus piernas. Se sintió sucia y desdichada; una gran ira se apoderó de ella y sin pensarlo un segundo más exclamó:
-Te daré todo lo que quieras, solo quiero que sufra. Quiero hacerlo sufrir antes de asesinarlo –
Una gran sonrisa se dibujó en el retorcido rostro de esa cosa, y con la misma violencia con que había entrado salió de la habitación rumbo al oeste, dejando tras de sí la habitación totalmente revuelta y una estela de árboles cercenados.
Cerca de la media noche el vendaval volvió, trayendo consigo al infeliz maniatado. Le faltaban secciones de piel, probablemente por la fricción del aire del remolino en el que era transportado; quedó tirado en el piso inconsciente ante la atónita mirada de Arlen, quien enseguida corrió a la cocina en busca de instrumentos para comenzar con su venganza.
**
12:05 a.m. La hoja del cuchillo destellaba por efecto de la luz de la luna, dándole un aire casi romántico a la macabra escena. Sobre el suelo yacía el imputado, aún inconsciente e ignorante del juicio que se avecinaba, donde la víctima haría de juez y parte, y donde al igual que el día de los hechos, las súplicas no serían escuchadas.
Media cubeta de agua fría con algunos fragmentos de hielo fueron suficientes para despertarle, pero uno de sus calcetines, roto y sucio, silenciaba el grito de sorpresa que intentó exhalar. Frente a él, Arlen sonreía con satisfacción, sosteniendo el cuchillo de frente con la hoja hacia arriba, cubriéndole la mitad del rostro. La poca luz que imperaba, y el ángulo en que se encontraba, hacían el acto mucho más sombrío, llenando de terror  el corazón del infeliz. Tragó saliva y reuniendo todo el valor que le quedaba trató de incorporarse, pero una fuerte patada en su entrepierna le detuvo en el acto, y el ahogado grito murió de nuevo entre las fibras del sucio calcetín.
Maldijo su suerte, maldijo a su captora, y se maldijo una y mil veces por no haberla matado cuando las circunstancias se presentaron; pero ya poco podía hacer. Viendo la situación que se presentaba, no le restaba más que resignarse y rogar por una anticipada muerte, con el menor dolor posible, aunque tenía muy claro que Arlen no le iban a dejar morir tan fácilmente.
La hoja del cuchillo se acercaba lentamente, y la víctima se arrastraba hacia el rincón buscando protección. Pronto chocó su espalda contra la pared y al verse acorralado comenzó a forcejear para liberarse, pero era completamente inútil; quien lo había amarrado sabía muy bien lo que hacía y solo conseguía lastimarse. Al verse completamente imposibilitado, comenzó a llorar amargamente.
Arlen sonrió mientras continuaba acercándose a su víctima. Su corazón latía con fuerza y nunca se había sentido con más vitalidad. La adrenalina recorría cada centímetro de su cuerpo y en un éxtasis total clavó la punta del cuchillo en la pantorrilla del desgraciado que se retorcía con violencia. El corte no fue limpio, debido al forcejeo del degenerado el cuchillo resbaló y terminó por desgarrarle la pierna. Carne y músculo colgaban mientras la sangre corría por el piso de la habitación, el infeliz se retorcía como un gusano salpicando todo, y al verse otra vez impregnada por los fluidos de su padrastro se llenó de asco y clavó una y otra vez el cuchillo en las ahora destrozadas piernas. Pronto el dolor era tan grande que le impedía al desgraciado moverse y aprovechando esto Arlen posó su pierna izquierda sobre el estómago de su padrastro, apoyó ambas manos en el mango del cuchillo y con fuerza lo hundió en la entrepierna hasta que la punta se incrustó en la madera; tomó una de las tablas de su cama y golpeó hasta que el mango del cuchillo se partió. Su víctima estaba a punto del colapso y perdía una cantidad considerable de sangre. Se decepcionó mucho al darse cuenta que se le había pasado la mano y no iba a poder disfrutar mucho más de su venganza, así que roció un frasco de alcohol en la última herida provocada, y al observar que la víctima ya no podía quejarse ni intentaba defenderse,  vació el contenido restante del frasco de brea en la ropa de su padrastro y acto seguido le prendió fuego.
La llama tomó fuerza con gran voracidad mientras la habitación se iluminaba. El desgraciado se retorció de dolor y grito por unos segundos con sus últimas fuerzas. Arlen comenzó a apilar todo lo que pudiera incendiarse para alimentar la hoguera. Cuando las flamas habían alcanzado furor suficiente, cerró tras de sí la puerta abandonando su antigua morada junto con el inmundo cadáver y sus dolorosos recuerdos.
Caminó hasta el final de la cuadra, llegó al lote baldío, saltó con agilidad la cerca y continuó su camino en línea recta perdiéndose en la espesura del bosque hasta donde el misterioso ente la esperaba impaciente.
*
Las horas seguían pasando y Molly aún no lograba conciliar el sueño. Llevaba algunas horas intentando dormir, se sentía exhausta, pero no lo lograba. Había tomado algunos calmantes, daba vueltas y vueltas en la cama, trataba de leer para despejarse, pero nada le estaba ayudando. Sabía que su amiga estaba allá afuera, en alguna parte, que posiblemente tenía miedo y frío y se sentía demasiado culpable por haberla dejado sola cuando más lo necesitaba. Cada cierto tiempo miraba por su ventana, esperando que su querida amiga apareciera en la puerta.
Un escalofrío recorrió su cuerpo. Observó el reloj en la mesa de noche. 3:05 a.m. Cerró los ojos de nuevo y el escalofrío volvió a recorrerle. Miró por su ventana y allí estaba ella. Quiso correr a abrirle y abrazarle, pero un impulso intuitivo la detuvo. La observó de nuevo detenidamente y entonces entendió el motivo de aquel horrible escalofrío: aunque su amiga se encontraba situada frente a su acera, sus pies estaban algunos centímetros sobre el nivel del suelo. Las luces comenzaron a parpadear y Molly, totalmente aterrada tomó el teléfono para pedir ayuda, observó nuevamente por la ventana y su amiga había desaparecido, suspiró con alivio pensando que el cansancio le estaba afectando, volteó hacia su cama y quedó petrificada al encontrar a Arlen en frente, dentro de su habitación aun cuando todas las puertas permanecían cerradas. Seguía separada del suelo, con su cabeza inclinada ligeramente hacia la izquierda y los ojos totalmente negros. La ropa estaba rota y sucia y su piel muy lastimada.
Aterrada, trató de marcar a emergencias y observó que la pantalla de su móvil parpadeaba y no respondía. Sintió una gran presión en el pecho que la asfixiaba mientras la atmósfera del cuarto se tornaba densa y depresiva. Arlen se lanzó sobre ella y fácilmente la dominó atándola a la cama. Molly trataba de gritar, pero su voz no respondía. Algunas veces había experimentado algo similar durante una parálisis del sueño, pero nunca tan intenso.
Las luces de la habitación disminuyeron de pronto, y luego la intensidad de las mismas aumentó hasta hacerlas estallar; el aire comenzaba a circular levantando todo a su paso, y en medio del repentino vendaval se encontraba Molly, atada a su cama, y sobre ella Arlen, sosteniendo un afilado cuchillo mientras repetía las oraciones escritas en el papel que había encontrado en la biblioteca.

El tiempo pareció detenerse por un instante. Observó con impotencia a su amiga sobre ella, dirigiendo la punta del cuchillo hacia su pecho. Recordaba todos los momentos que vivieron juntas. Las lágrimas rodaban por sus mejillas mientras el arma continuaba lentamente la ruta hacia su cuerpo. Volvió su mirada hacia el rostro de su amiga y notó que esta también lloraba, y detrás de ellas, el extraño ente, descosiéndose a carcajadas y burlándose de ellas. En un instante el tiempo tomó de nuevo su curso y sintió de golpe el filo del metal atravesar sus entrañas. Cuando Arlen sacó el cuchillo, este no estaba manchado con sangre, y aunque el dolor era insoportable, no parecía haberla cortado… pronto comprendió con horror que a través de la herida no emanaba sangre, sino su alma. Trató de aferrarse inútilmente a su cuerpo, pero la fuerza que tiraba de ella era mucho más poderosa. Conforme el ente la arrastraba al Inframundo a través un espejo, pudo ver un policía disparar a su atacante mientras el alma de Arlen se apoderaba de su cuerpo. Entendió con gran tristeza que su amiga había modificado el pacto con el ente y la había sacrificado por unos años más de existencia.

jueves, 22 de diciembre de 2016

Sed

Es aún de noche, y aún adormilado, frotas tus ojos y te incorporas lentamente para ir en busca de líquido.

Te levantas con dificultad mientras carraspeas varias veces, pocas veces has estado tan sediento… Das el primer paso en busca del interruptor de la luz y tus pies descalzos se encuentran con un cálido y viscoso charco en el piso.

Comienzas a alarmarte y no sabes si continuar buscando  o volver a esconderte bajo las sábanas, pero la sed es muy grande. Avanzas a tientas por el cuarto en busca del interruptor y por fin logras desactivarlo. Suspiras con alivio al contemplar la escena y ver que todo ha quedado a como lo dejaste. Lo que pisaste no fue más que un leve derrame, pero aún continúa fresco y sin poder movilizarse. Con la hermosa oscuridad imperando en la habitación, das los últimos sorbos y sales con sigilo por la ventana; de camino te reprendes pues nuevamente te has quedado dormido con la luz encendida justo después de haber cenado, apuras el paso y tu rostro refleja una gran preocupación; ya que casi está amaneciendo y debes darte prisa o no llegarás a tu féretro a tiempo...

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Remordimiento

En esta vida he visto y hecho cosas horribles… pero nada te prepara para lo que presencié ese día…

Mi primer día de trabajo para un poderoso capo de la droga. Estaba comenzando pero había ganado terreno con rapidez gracias a sus brutales métodos. Comenzó a operar en la zona cercana a mi ciudad y en muy poco tiempo se hizo con el control total de los territorios. Algunas pandillas y grupos emergentes huyeron, otros se asociaron y otros pocos sencillamente fueron exterminados.

Me reclutaron en una mañana de noviembre. Un tipo me había chocado por detrás y bajó de su auto insultándome. Yo, muy tranquilo le traté de indicar que se calmara, pero fue inútil. El infeliz se abalanzó sobre mí con sus ojos desorbitados por la ira y terminé deformándole la cabeza contra la puerta de su auto mientras una multitud aterrada presenciaba la masacre con gran impotencia.

Pronto fui acorralado por la policía, y sabiendo que no tenía chance alguno de escapar con vida, decidí arrodillarme, colocar las manos detrás de la cabeza y colaborar con los agentes.

Estando en la celda llegó este individuo. No vestía un traje caro, o multitud de joyas; parecía un tipo común y corriente, pero en el rostro de todos los agentes se notaba un gesto de miedo o respeto. 

Caminó hacia mi celda con llave en mano, abrió la cerradura y me ordenó que lo acompañara. Miré estupefacto como ninguno de los ahí presentes hacía el mínimo esfuerzo para detenerme.

Dimos algunas vueltas por sus territorios mientras me hacía la propuesta laboral más cuantiosa de lo que jamás había imaginado. Se me proporcionaría una habitación, instalada con todos los instrumentos necesarios y una cámara de video. El trabajo era sencillo: debía torturar y mutilar a cada víctima que me fuera proporcionada, y una vez finalizada la labor, debía enviar el video a la dirección asignada, donde uno de sus familiares presenciaría con horror las consecuencias de oponerse  los deseos del capo.

Me costó creerlo al principio, pero pronto comprendí que más que una oferta de trabajo, era una imposición, ya que se me había contado demasiado y de rechazarla posiblemente terminaría siendo el protagonista de alguno de esos macabros metrajes. Me entregaron un celular mientras me indicaban que esperara las instrucciones en casa.

Muy temprano en la mañana fui convocado, mientras una angustia terrible literalmente aflojó mi estómago. Me dirigí diligentemente al lugar indicado, donde me esperaba una bandeja con multitud de implementos de tortura: cuchillos, pinzas, alicates, ácidos y sierras entre otros. El cuarto era mediano, de 3 metros de largo por 4 metros de ancho, con dos espejos grandes en las paredes laterales, climatizado y totalmente a prueba de sonido.  Al fondo, colgando de un gancho, se encontraba un individuo desnudo, muy golpeado y con el rostro cubierto por una bolsa de tela. La bolsa contenía una rejilla similar al burqa de los árabes; por donde la víctima podía  observar lo que sucedía alrededor sin que el verdugo pudiera distinguir su rostro. Según la explicación de mi jefe, cumplía tanto como medida de seguridad como de tortura: en caso de que conociera a la víctima o fuera alguien famoso mi labor no se vería entorpecida mientras que el pobre desgraciado no perdería ningún detalle de su horripilante muerte.

Para este primer trabajo sería supervisado directamente por mi empleador. Se posicionó en el cuarto de observación –que estaba situado detrás de uno de los espejos, como en los interrogatorios de las películas- mientras yo seguía ahí parado, con el pulso acelerado y a punto de hacerme en mis pantalones nuevamente. Pasaron unos cinco minutos y ya mi jefe se estaba impacientando. Me indicó por medio de un altavoz que si no iniciaba en los próximos segundos cambiaría de lugar con la víctima y el sí no tendría reparo en descuartizarme. Me quedé unos segundos en silencio, pero cuando escuché la silla moverse a través del autoparlante me invadió el pánico, tomé uno de los cuchillos y lo clavé repetidamente en el abdomen del sujeto. Destrozarle la cara a otro en medio de una pelea no era tan difícil, pero hacerle esto a alguien que no me había hecho nada y a quien ni siquiera le había visto el rostro, era algo totalmente diferente. 

Dejó escapar un grito ahogado. Definitivamente tenía algo en su boca que le impedía expresarse con claridad y solo balbuceaba algunas cosas.  Poco a poco fui tomando los demás instrumentos, realizando algunas incisiones por aquí y allá hasta acabar con un tronco sin manos ni piernas colgando del gancho y ya sin vida. Salí a fumarme un cigarro y cuando regresé a limpiar las herramientas encontré otro cuerpo colgando. Esta vez era una mujer de mediana edad que en cuanto me vio comenzó a retorcerse. Ya para esta hora me sentía agotado, y tampoco tenía muchas ganas de alargarle el sufrimiento a la pobre infeliz, por lo que tomé el machete más grande que tuve a mi alcance y comencé a partirle miembro por miembro con todas mis fuerzas. No pasaron ni 5 minutos y ya estaba muerta y las partes desperdigadas por todo el piso, junto con las del otro infeliz.

Después de eso no recuerdo mucho más que un fuerte golpe por detrás y las risas de burla del jefe. 

Llevo poco más de una semana en este cuarto amarrado a una silla, tengo que hacer mis necesidades sobre mí, pero la verdad ya nada me importa. No puedo mover mi cabeza para ningún lado y tampoco puedo cerrar los ojos. Todo el día soy obligado a ver una y otra vez como descuarticé a esas dos personas, como me noquean al terminar y como el capo aproxima la cámara y revela bajo las máscaras los rostros de mis padres. Suplico por una muerte rápida pero se niegan a concedérmela… ¿Cómo iba yo a saber que el tipo a quien le destrocé la cabeza contra el auto era el hijo de un narcotraficante?


miércoles, 31 de agosto de 2016

Cierra bien la puerta

Tenía poco más de una semana laborando en la ciudad; llegó a su apartamento tarde en la noche como siempre, cansado de su arduo trabajo. Tomó un rápido baño y se acostó en la colchoneta que tenía colocada en el suelo. Le pareció un poco curioso el olor a perro en su cobija, pero la noche anterior había sido calurosa como pocas veces así que pensó que solo había sudado demasiado… Relajado y boca arriba, realizó su oración como todas las noches, se persignó al terminar justo cuando un fuerte dolor proveniente de su garganta y una cálida sensación bajando por su cuello le hicieron tratar de incorporarse. Abrió con sorpresa sus ojos y un par de ojos rojos como brasas le recibieron mientras  el enorme can masticaba con maldad pedazos de su carne. La excesiva cantidad de sangre comenzó a ahogarle y ya sin fuerzas expiró su último aliento justo cuando observaba hacia la puerta el desfile de la jauría que se disponía a degustar su carne.

Cuestión de Tierras

Dentro de todas las historias que me contaba mi abuelita, hay una que siempre quedó en mi memoria, y que en muchas noches perturbó mis s...